por Jaime Septién

Durante la pandemia, la Iglesia católica no ha dejado de cumplir con las obras de caridad que le hacen ser la Iglesia Primada. Y el costo que ha pagado en muertes, contagios y salud ha sido enorme. Miles de sacerdotes, religiosas y religiosos se han jugado la vida asistiendo enfermos, familias, dando de comer, de beber, dando esperanza a quienes la Covid-19, la injusticia o la falta de sensibilidad social los han arrojado al abismo.

¡Cuánto nos cuesta reconocer la heroicidad de quienes, asumiendo su misión, han inventado nuevas formas, a veces temerarias, de darnos el alimento espiritual que nos nutre en el camino de la vida! Es una vergüenza que muchos católicos ni siquiera pidamos por ellos. Los damos “por seguros” en la sacristía, a buen recaudo en su casa parroquial, administrando… ¿qué?

En este número de El Observador, sin pretender ser exhaustivos, queremos hacer un muy breve recuento de la enorme tarea que ha tenido que cumplir la Iglesia católica en nuestro país para abrazarnos en tiempo de crisis. Algunos dirán que es su función, como –cínicamente—lo dicen de quienes se baten (sin insumos, sin apoyo, en medio de una guerrilla politiquera) en la primera línea del débil sistema de salud mexicano. Nosotros no lo vemos así. En la guerra, el soldado puede desertar. Más aún cuando se enfrenta a pecho limpio con un enemigo tan fiero, numeroso y letal (ayudado, además, por la inconsciencia y la estulticia de los “negacionistas”, que son legión).

Vaya para estos sacerdotes y monjas, obispos y diáconos; para aquellos doctores, enfermeras, camilleros, limpiadoras, un agradecimiento de quienes laboramos en esta casa editorial. Son como el rostro de Cristo en medio de las tinieblas del desamor. Son nuestro orgullo.

TEMA DE LA SEMANA: “EL COSTO DE SER IGLESIA EN SALIDA DURANTE LA PANDEMIA”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 24 de enero de 2021. No. 1333