Ese es el pensamiento y experiencia de Ramón de Chateauvieux, un francés que descubrió en Brasil la misericordia, el amor y la mirada de Dios en los más necesitados, para después convertirse, junto a su esposa e hijos, en misioneros al servicio de los pobres y al anuncio del Evangelio.

Por Rubicela Muñiz

Román de Chateauvieux actualmente es director de la Fundación Misericordia. Está casado con Reina, una mujer brasileña con quien tiene cinco hijos. De joven, eligió la carrera de arquitectura como profesión y comenzó a estudiar en Francia. En el tercer año fue de intercambio a la Pontificia Universidad Católica de Chile y durante ese tiempo visitó a un amigo sacerdote que estaba de misionero en Brasil, en una favela de Salvador de Bahía. Ahí vivió una experiencia muy personal y sin duda, según cuenta, la más fuerte su vida, la que cambió su vida.

La favela

Román llegó a Brasil sin saber hablar portugués, en busca de su amigo sacerdote, y con tan solo un papel con la dirección de la parroquia donde vivía. Esa parroquia era especial porque el Papa Juan Pablo II estuvo ahí en 1980 durante su visita a Brasil. Román llegó a la iglesia en un taxi, un poco asustado.

Las primeras semanas fueron especiales porque todo era nuevo: el idioma, la comida, la cultura y sobre todo el impacto de enfrentarse a una realidad de favela, de pobreza. Su visita coincidió con el tiempo de Cuaresma. El Jueves Santo vivió una linda vigilia, aunque él no era muy cercano a la Iglesia. Al final de la vigilia se le acercó la encargada de la pastoral de los jóvenes y le dijo: “Mira Román, tenemos un tremendo problema porque mañana tenemos el Viacrucis y tenemos todo listo, menos a Jesús”. Le pidió a Román que interpretara el papel, porque él tenía la barba y el cabello largo.

El milagro

Al siguiente día, Román cargaba una cruz por las calles de la favela. Ese viacrucis fue para él una experiencia que preparó su corazón para recibir el mayor regalo que el Señor le quería dar. Al final del viacrucis se le acercaron dos hermanas Misioneras de la Caridad de la madre Teresa de Calcuta y le dijeron: “Román, te queremos pedir un favor. Queremos que entregues este medicamento a una persona que vive al final de la favela, está postrada y no puede venir”. Román aceptó y fue con Ricardo, que vivía en una pequeña casita postrado en su cama. Cuando entró, Ricardo lo invitó a sentarse y le contó su vida, una vida entera en la favela. Y al llegar a la pérdida de su hijo, que había fallecido por una bala perdida en el tráfico de drogas, Ricardo empezó a llorar como un niño, con un llanto muy profundo. Román, a su lado, sólo pensó en limpiar sus lágrimas.

Al limpiar las lágrimas de ese viejo brasileño, ocurrió el milagro que hoy tiene a Román en Fundación Misericordia y compartiendo testimonio. Sintió que el rostro que limpiaba no era el de Ricardo, sino el rostro de Jesús. Vio a Jesús con la corona de espinas. Vio a Jesús con la sangre. Y lo que más le marcó fue la mirada de Ricardo, pues parecía la de Jesús. Sintió un amor y una misericordia que nunca había sentido. Y al mismo tiempo, escuchó una frase que hoy es el lema de su vida y que ardía en su corazón: “Román, la felicidad que buscas, al servicio de los pobres la encontrarás”.

Salió de esa casa asombrado por la experiencia que acababa de vivir y entendió que su vida tenía sentido si la entregaba. Y ese mismo día le dijo al Señor: “Mi vida es tuya, para tu Iglesia y para los más pobres”. Mientras caminaba por la favela pensó que el Señor lo haría un sacerdote, y al final, en esa pequeña favela, conoció a la mujer que, para él, es la más hermosa del mundo y que hoy en día es su esposa; juntos forman una familia misionera al servicio de los más abandonados. Cuando se casaron, le pidieron al Señor tres regalos de matrimonio: El primero, la oración, porque creen que la mejor manera de cambiar el mundo es rezando; el segundo, la sencillez de vida, vivir siempre entre los más pobres; y el tercero, ser misioneros hasta la eternidad.

La aventura misionera

Después de su matrimonio fueron enviados por un organismo, por dos años, al norte de Atlanta, Estados Unidos, junto a un grupo de migrantes. Y después de esos dos años nace el Centro Misionero Juan Pablo II, cuya vocación se centra en el trabajo social y pastoral. Al ver su trabajo, el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) los envía por tres años a recorrer todo el continente, con la misión de hacer el mismo trabajo: un trabajo social y pastoral. Junto con su esposa adquieren un camión amarillo que remodelan para convertirlo en casa rodante. Y en ese camión recorrieron, por tres años, desde Estados Unidos hasta Brasil.

Después de tres años de vivir una fuerte misión, en nueve países del continente, la Conferencia Episcopal de Chile los llamó para establecerse en una población de Santiago. Aceptaron, y hoy tienen en función la Fundación Misericordia que realiza trabajos sociales, en relación a la educación y la salud, y trabajo pastoral con la misión de recibir y reflejar la misericordia de Dios para los demás.

Para Román la misericordia significa tres cosas: Primero, se trata de una experiencia de dejarse mirar por Dios; segundo, es una actitud interior que tiene consecuencias exteriores. Para vivir la misericordia no hay que esperar a ser bueno o perfecto; y tercero, porque “la misericordia cambia al mundo, lo hace más justo y menos frío”, como dice el Papa Francisco.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de diciembre de 2020. No. 1329