Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

La respuesta es sencilla: Queda todo. Queda la humanidad que gracias al Decálogo ha podido subsistir. Conocemos las peripecias por las que hemos tenido que pasar los humanos. La historia universal se enseña contando lo peorcito que hemos hecho, las guerras. Pero lo bueno ha sido más y mayor, porque cuando el mal es noticia, quiere decir que no andamos tan mal. Los mandamientos de Dios, por muy maltratados que los tengamos, han sido una bendición.

Podemos decir con verdad que los mandamientos son vida y fuente de vida, como lo enseñó Jesús a ese joven que le preguntó qué debía hacer para conseguir la “vida eterna”: “Cumple los mandamientos”, le respondió Jesús. Ya antes Jesús había resumido el decálogo en un mandamiento doble: Amar a Dios y amar al prójimo. El sendero que conduce a la vida consiste en observar los mandamientos, le dice Jesús a su interlocutor, pero le añade una nota comprometedora: “Ven y sígueme”. Los mandamientos de Dios se deben cumplir como “discípulo” de Jesús, como él los explicó en el sermón de la montaña. La vida y la persona de Jesús son el modelo concreto cómo debemos conducirnos para tener vida en plenitud. Así los mandamientos son fuente de vida, un camino obligado para el discípulo. El catecismo nos ofrece una redacción concisa y autorizada: “Los diez mandamientos constituyen un todo orgánico e indisociable, porque cada mandamiento remite a los demás y a todo el decálogo. Por tanto, transgredir un mandamiento es quebrantar toda la Ley” (n. 429).

El decálogo es la fuente donde se nutre la humanidad para subsistir y lograr su realización completa, aunque ahora se prefiera hablar de “valores”. ¿Quién no desea contar con una serie de valores que unan a los pueblos y a las culturas de manera que reinen la concordia y paz universales? Estos valores son los que después suelen concretarse en normas jurídicas llamadas “constituciones” de los estados. Pretenden ser como el fundamento que da solidez a la normativa para lograr la convivencia social.

El hombre se perfecciona -vale y se hace valer-, según la calidad de las relaciones que establece en su vida y el decálogo nos ofrece las referencias esenciales para el buen vivir. Son de dos clases, inseparables: las relaciones con Dios y las relaciones con las personas y su entorno natural. Se suelen llamar “verticales” a las primeras y “horizontales” a las segundas, formando una cruz.

Entre las relaciones “verticales” que nos señala el Decálogo tenemos el dar a Dios el culto y reconocimiento debido en justicia, por ser nuestro Creador; respetar esa presencia de Dios en el mundo, en particular su relación con el hombre; saber integrar estas relaciones en las coordenadas de tiempo y espacio en que nos movemos: tiempos y lugares sagrados.

Entre las relaciones “horizontales” el decálogo nos manda respetar y dignificar los lazos familiares, su integridad y finalidad específica; promover el respeto a la vida y a la dignidad de la persona, respetando la unión estable de la pareja humana, varón y mujer; conservar y promover la propia libertad y la ajena; cuidar la buena fama del prójimo y su derecho a poseer los bienes y medios necesarios para su desarrollo humano integral: tierra techo trabajo y cultura. Es el decálogo la cartilla moral obligatoria para toda la humanidad. La observancia e integración armónica de estos “valores” fundamentales posibilita al hombre un crecimiento en humanidad que genera bienestar y realiza la misión para la que se le permitió venir a ocupar un sitio en este mundo.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de diciembre de 2020. No. 1329