Por P. Fernando Pascual

Israel Zolli (su apellido inicialmente era Zoller) había nacido en Brody, una ciudad de la actual Ucrania, el año 1881. Su familia era profundamente judía; por eso, desde niño, creció en el amor a su pueblo y en el conocimiento de las Escrituras.

Desde muy joven empezó a leer los escritos de la Biblia cristiana. Eso le llevó a un primer encuentro con la persona de Jesús. Israel Zolli pudo establecer un puente continuo entre lo que creía y leía como judío y lo que encontraba en los escritos de los primeros discípulos de Jesús.

Siente una especial admiración por el mensaje de Cristo, algo realmente novedoso para él, y lo confronta continuamente con lo que considera lo propio de la religión judía.

Tras haber estudiado en diversas ciudades, entre ellas Florencia, se establece en Trieste, ciudad que pasó a ser italiana en 1918. Ese mismo año Zolli es nombrado rabino jefe de la comunidad judía de Trieste.

Sigue viva su admiración por el Nazareno. Sin embargo, dar el paso para declarar a Jesús como Hijo de Dios no resulta fácil. Concluir que la plenitud de la Torah se encuentra en el pueblo que surge desde Cristo, la Iglesia católica, tampoco.

Zolli sigue sus estudios y sus reflexiones interiores. Tiene también algunas breves experiencias que podríamos llamar místicas, momentos en los que se sorprende dialogando con Jesús.

Decide dar a la luz buena parte de sus estudios. En 1938 publica una obra titulada “El Nazareno”, en donde hace una rica exégesis del Nuevo Testamento a la luz del pensamiento arameo y rabínico.

En su camino intelectual, las relaciones entre el libro del profeta Isaías y la historia de Cristo se le hacen sorprendentemente vivas, hasta el punto de que se convence de que Jesús el Nazareno es el Siervo doliente de Isaías y, también, el Mesías que actúa con un poder que solo puede venir de Dios.

En “El Nazareno”, Zolli aborda las relaciones de Jesús con la Ley y llega a una conclusión atrevida: “Jesús no tenía intención de abolir nada, pero con su enseñanza deseaba completar y superar la justicia de los escribas y fariseos.  Por eso utiliza un lenguaje lleno de metáforas y de sentimientos capaces de llegar al pueblo, más que a los doctores de la ley”.

Su lectura del Nuevo Testamento a la luz del Antiguo Testamento encuentra numerosos paralelismos y continuidades, unidas a aspectos claramente novedosos. Un ejemplo se refiere a la relación entre el Cordero Pascual y la Última cena de Jesús:

“El pan y el vino, que han sido transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sustituyen al cordero pascual, a la expresión del sacrificio de purificación y también de la familia que se convierte, a través de la comunión, en un solo cuerpo”.

La situación del mundo se hace más difícil. Hitler camina hacia el abismo de la guerra, y su odio hacia los judíos se hace cada vez más concreto. En Italia, Mussolini, que al inicio estuvo al margen del antisemitismo, sucumbe ante el espejismo de Hitler y promueve unas absurdas leyes raciales.

Hay una anécdota que refleja la personalidad de Zolli. Un profesor de historia del arte, católico y fascista, organizó en Trento un ciclo de conferencias de contenido antisemita. Sin dudarlo, el rabino logró contactarlo y le habló con claridad inusitada:

“Pero Cristo ¿no era un judío según la carne? ¿En la cruz acaso no pidió perdón también para sus enemigos? Entonces, ¿cómo puede un buen católico organizar conferencias de este tipo, sin darse cuenta de que está a punto de crucificar espiritualmente a Cristo, en su santa voluntad y en sus enseñanzas? ¡El judío no es enemigo vuestro ni de Cristo! ¡Dios es amor!”

Tras esta arenga, el profesor tuvo el valor de cancelar las conferencias…

En 1940, Zolli es llamado a Roma para convertirse en el Gran Rabino de una de las comunidades judías más antiguas de la historia. Allá encuentra un ambiente muy difícil, pues la comunidad ha sufrido divisiones por causa de la situación política en Italia y en el mundo.

En 1943, tras una serie de convulsiones que llevaron a la destitución de Mussolini, Hitler invadió la mayor parte de Italia. Roma quedó bajo control nazi: la comunidad judía estaba a merced de los caprichos del dictador alemán.

Zolli, destituido de su función como Gran Rabino, hizo lo que pudo para salvar vidas de judíos. Pero su margen de acción era mínimo, y pronto tuvo que esconderse al saber que los alemanes lo buscaban para arrestarlo, como habían arrestado a otros rabinos y a miles de judíos italianos, muchos de los cuales morirían en los campos de concentración.

Pío XII promovió un gran número de acciones entre los católicos para salvar las vidas de miles de judíos. Al terminar la ocupación alemana, Zolli publicará una obra titulada “Antisemitismo” (1945), en la que escribirá lo siguiente:

“La obra extraordinaria de la Iglesia a favor de los judíos de Roma es solo un ejemplo de la inmensa ayuda desarrollada bajo los auspicios de Pío XII y de los católicos de todo el mundo, con un espíritu de humanidad y de caridad cristiana incomparables. La descripción de esta obra en toda su vastedad constituirá una de las páginas más refulgentes de la historia humana, un verdadero triunfo de la luz que emana de Jesucristo”.

Volvemos por un momento al año 1944. El día de Yom Kippor (en el mes de octubre, en una Roma ya liberada), Zolli va a la sinagoga para la celebración. Hacia el final del servicio, el rabino está acompañado por dos asistentes. De repente, ocurre algo inesperado. Así describió los hechos el mismo Zolli:

“De pronto, con los ojos del espíritu, vi una gran pradera, y en pie, en medio de la hierba verde, estaba Jesucristo, revestido con un manto blanco; sobre Él, el cielo estaba azul. Ante aquella visión experimenté una paz indescriptible. Y entonces, en el fondo del corazón, escuché estas palabras: ‘Estás aquí por última vez. De ahora en adelante me seguirás a mí’. Le acogí con la máxima serenidad y mi corazón respondió inmediatamente: ¡Así sea, así será, así debe ser!”

El rabino duda si no habrá tenido algo parecido a una alucinación. Por la noche, ya en casa, su esposa Emma le dice: “Hoy, mientras estabas ante el Arca y la Torah, me ha parecido ver a Jesucristo junto a ti. Estaba vestido de blanco y tenía una mano sobre tu cabeza, como si te bendijera”.

Su hija Miriam estaba en su habitación. Alza la voz, su padre acude a ver qué le pasa, y ella explica: “Estáis hablando de Jesucristo, respondió. ¿Sabes, papá? Esta tarde he soñado con una figura de Jesús, muy alto, y todo de blanco, como de mármol, pero no recuerdo nada más”.

Ya no hay dudas: el Nazareno lo invita a un paso decisivo, a la conversión completa, a la fe en Jesús que le llevará a ser parte de la Iglesia católica.

Zolli dimite como rabino de Roma y se prepara para conocer más la fe católica. El día 13 de febrero de 1945 (la guerra todavía no ha terminado), recibe el bautismo con su esposa. Adopta como nombre Eugenio, en homenaje al Papa Pío XII.

Es fácil imaginar la conmoción, la sorpresa, las críticas, ante este acontecimiento, en un momento en el que el mundo empieza a conocer la magnitud del holocausto de un número incontable de judíos. Pero Zolli no siente que se aleja de sus hermanos: simplemente su fe en Cristo es la culminación de su camino como parte del pueblo elegido.

Así lo explica con sus palabras: “Yo no he renunciado a nada. El cristianismo es el cumplimiento de la Sinagoga. La Sinagoga era una promesa y el cristianismo es el cumplimiento de esta promesa. La Sinagoga señalaba al cristianismo; el cristianismo presupone la Sinagoga. Ved, por tanto, cómo la una no puede existir sin el otro. En realidad, yo me he convertido al cristianismo viviente”.

Ante la pregunta de si la conversión sea o no sea una infidelidad, Zolli responderá en sus memorias:

“Debemos considerar sobre todo que la fe es una adhesión de nuestra vida y de nuestras obras a la voluntad de Dios, no a una tradición, a una familia o a una tribu. Los judíos que se convierten hoy, como en tiempos de San Pablo, llevan todas las de perder desde el punto de vista material, y todas las de ganar desde el de la Gracia”.

Otro texto profundiza más en lo que significa ese momento tan decisivo en la vida de quien se ha encontrado con Cristo:

“La conversión no consiste en responder a una llamada de Dios. Un hombre no elige el momento de su conversión, sino que es convertido cuando recibe esta llamada de Dios. Entonces no se puede hacer más que obedecer. (…) No hay nada premeditado, no hay nada preparado: solo estaba el Amante, el Amor, el Amado. Era un movimiento proveniente del Amor, una experiencia vivida a la luz temperada del Amor”.

Empieza una nueva vida. En medio de las críticas y del rechazo de muchos con los que antes compartía la fe de Israel, siente el gozo de haber sido encontrado. Además, considera que la plenitud del cristianismo está en la Iglesia católica.

Frente a los seguidores de las reformas de Lutero y de otros que dejaron la Iglesia católica, Eugenio Zolli respondía:

“La Iglesia católica fue reconocida por el mundo cristiano como la verdadera Iglesia de Cristo durante quince siglos consecutivos. Y nadie puede llegar al final de estos 1.500 años y decir, solo entonces, que la Iglesia católica no es la Iglesia de Cristo, sin ponerse en un serio apuro. Puedo admitir la autenticidad de una sola Iglesia, aquella anunciada a todas las criaturas por mis propios antepasados, los doce apóstoles, que, como yo, salieron de la Sinagoga”.

Al año de ser bautizado, publica una obra titulada “Christus”. En el último capítulo, titulado “Jesús llama”, escribe unas líneas que en cierto modo reflejan su camino interior:

“Cada palabra de los profetas, cada palabra de Cristo está llena de armonías celestes. No apreciamos suficientemente lo que tenemos tan cerca: las palabras del Señor y nuestras almas tienen mucho que decirnos, pero estamos distraídos. Estamos cerca de Dios y lejanos a Dios. (…) A lo lejos percibimos una voz, un mensaje divino, pero no lo comprendemos. Una Voz nos llama desde lejos y no podemos oírla. Un rayo de luz nos invita y nosotros no lo apreciamos. (…) En el silencio de la noche solitaria siento llamar a la puerta de mi alma. Es el Peregrino de la llamada no escuchada”.

El resto de sus años transcurren entre clases, conferencias, estudios. Su corazón ha encontrado una belleza y un consuelo que dan sentido a toda su existencia.

El día de su muerte, 2 de marzo de 1956 (viernes primero), puede comulgar y todavía tiene fuerzas para unas palabras, que son como el testamento de un enamorado.

“Cuando siento el fardo de mi existencia, cuando soy consciente de las lágrimas contenidas, de las bellezas no vistas, lloro sobre Cristo crucificado por mí y en mí. (…) Muero sin haber vivido, porque solo se vive en la plenitud de Cristo. No podemos más que confiar en la misericordia de Dios, en la piedad de Cristo que muere porque la humanidad no sabe vivir en Él”.

(Los textos de Zolli aquí reproducidos están tomados de la siguiente obra: Judith Cabaud, “El rabino que se rindió a Cristo. La historia de Eugenio Zolli, rabino jefe en Roma durante la Segunda Guerra Mundial”, Voz de Papel 2004).