Por Jaime Septién

Las apariciones en Lourdes y en el Tepeyac tiene un rasgo en común: la Virgen se sirve de los sencillos, los que no “representan nada” para la sociedad: un indígena y la hija de un molinero: Juan Diego Cuauhtlatoatzin y Bernardette Soubirous.

El lugar también cuenta: un cerro pedregoso, donde no crecían las flores y menos llegando el invierno; una gruta que los lugareños –según informa Vittorio Messori– llamaban tute aux cochones, por ser el refugio de la piara municipal de cerdos.

Pero lo más hermoso es la consistencia del mensaje de la Virgen a Juan Diego y a Bernardita: a los dos les pide que les digan a los sacerdotes que construyan en ése lugar una capilla, un templo en el que curar el dolor humano. No eran “mensajeros calificados” para el mundo. Eran analfabetas, pobres, apenas conocedores de la doc- trina cristiana.

Guiados por los criterios académicos de hoy (de siempre), los hubiéramos mandado a paseo. ¿Quién eres tú para venir a pedir esas cosas? Conocedora del único pasaje en que a su Hijo le gana la emoción (cuando agradece al Padre el haber revelado las verdades del Reino a los humildes de corazón), la Virgen toma a dos “descartados” como sus correos. ¿Eso quita validez al mensaje? Justamente lo contrario: le de un peso enorme.

Por ese peso, por la “calidad” del mensaje, Lourdes y el Tepeyac son territorio de enfermos y desesperados. Ahí habita la fe que sana dolores del alma y, a veces, también las del cuerpo. Es el encuentro con la Intercesora, la Magnífica. Que lo es por haber sido la más humilde. Y por aquel “Sí” que cambió la historia.

TEMA DE LA SEMANA: «LOURDES: LA LLAMA VIVA DE LA FE»

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de febrero de 2021 No. 1335

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