5˚ Domingo Ordinario (Mc 1,29-39)

Por P. Antonio Escobedo C.M.

Esta historia se desarrolla en Cafarnaúm (significa «pueblo de Nahum»). En tiempo de Jesús era una de las ciudades más importantes situadas sobre mar de Galilea. Al interior del poblado había una amplia calle con orientación norte-sur. A ambos lados de ésta surgían pequeños barrios limitados por pequeñas calles transversales y callejuelas sin salida. Hoy en día se puede recorrer el sitio arqueológico y, con un poco de imaginación, se alcanzan a escuchar los gritos de los vecinos discutiendo o los mercaderes regateando los precios de los pescados recién capturados. ¿Cuántas veces se habrá sentado Jesús a discutir sobre el Reino de Dios con los vecinos, mientras disfrutaba de un delicioso pescado asado con pan recién horneado, y acompañado de una taza de té caliente?

Los arqueólogos encontraron, allá por el año 1968, la que ha sido considerada como “La Casa de Pedro”. Éste sería el lugar donde se encontraba su suegra muy enferma. Probablemente, cuando Jesús llegó a visitarla, tuvo que pasar con sus discípulos por el medio del patio donde se encontraban algunos miembros de la familia atareados con sus quehaceres diarios: tejiendo, cuidando los animales, moliendo el trigo o haciendo el pan. Tal vez tuvieron que esquivar a algunos de los pequeños, que se divertían jugando con alguna mascota o haciendo alguna travesura. Después, al llegar a la habitación donde se encontraba la suegra, tuvieron que mover la cortina colgada en la puerta para poder entrar. Necesitaron esperar unos momentos mientras los ojos se acostumbraban a la oscuridad de la habitación y después, al entrar, habrán visto, gracias a la llama vacilante de una lamparilla de aceite, la silueta de la señora que, inmóvil, estaría acostada sobre un jergón. Entonces Jesús se acercó y la tomó de la mano, la levantó…

Tomarla de la mano es un gesto amable y caballeroso, pero no del todo apropiado entre los judíos de aquella época. Recordemos que las personas no se tocaban ni se abrazaban, como acostumbramos hacerlo nosotros. Sin embargo, Jesús no sigue rigurosamente las tradiciones de sus paisanos porque frecuentemente toca a las personas enfermas, incluso a leprosos (Mc 1,41). Parece que hay mucho de sanador en el toque del Señor, por ello no tenía miedo de tocar a la gente. Nosotros ¿dejamos que Jesús se acerque para tomarnos de la mano? ¿Podemos hacer el esfuerzo para que el cariño que damos a nuestros seres queridos sea como el cariño que nos entrega Jesús?

“Luego la dejó la temperatura y se puso a servirles” (v. 31). Aunque el Señor ya había realizado un exorcismo, este es el primer milagro narrado por san Marcos en su evangelio. Notemos que la suegra de Pedro recibe dos regalos cuando Jesús la toma de la mano. El primero: recobra su salud; el segundo, y me parece que el más hermoso, tiene la capacidad de servir al Maestro. Para esta señora, el servicio no es una carga, sino una dicha. ¡Qué privilegio poder hacerlo!

Este domingo podemos preguntarnos: nuestros quehaceres cotidianos ¿son una carga pesada o podemos descubrir que con ellos estamos construyendo el Reino de Dios? Todos nosotros valoramos nuestra salud, y más en estos tiempos de pandemia, pero tal como lo hizo la suegra de Pedro, ¿podemos percibir que hay algo todavía más hermoso? Ojalá que descubramos que cuando caminamos al lado del Señor podemos ir con dicha, alegría y paz.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de febrero de 2021 No. 1335