Por Tomás De Híjar Ornelas

“…alienten políticas de educación pública que promuevan la incorporación de alimentos nutritivos” Papa Francisco a la ONU (2021)

Hace muy poco, el 10 de febrero, en el marco de la Jornada Mundial de las legumbres, el Papa Francisco habló de la necesidad de reconocer como “un derecho universal” el de consumir dietas saludables.

A título personal, confieso no haber reparado jamás en ello, aunque sí he lamentado mil y más veces lo contrario: que la locomotora del capitalismo no desperdicie ocasión para convertir a los seres humanos en “consumidores”, así lo haga alentando una engorda sucia y estúpida, la que en México ha sembrado la peste del sobrepeso, que dará mucho qué hacer en los próximos años y en lo que falte para revertir ese método autodestructivo y perverso, que tiene en los Estados Unidos su ejército más brioso y galano.

La perversión capitalista, nos enseña la actual pandemia del covid-19, tiene un solo punto de partida: no amarse uno a sí mismo, al grado de depositar las expectativas del gozo y de la felicidad en el consumo material, así sea de cantidades de alimento que el cuerpo no puede ni debe asimilar: proteínas, calorías, carbohidratos…

Pero la causa eficiente de ello se debe, creemos, a la ruptura del “bien de la familia”, que sirvió hasta fechas muy recientes como timón a nuestro linaje y le facilitó adaptarse a los ambientes más hostiles, indomables y tremendos, pero que se está revirtiendo tanto cuanto la educación se abandonó a los sistemas escolarizados y ahora a los medios electrónicos, de modo que al paso que vamos, nuestro linaje está tocando un fondo muy fétido y pringoso.

Poco antes de lo señalado, Francisco tuvo ocasión de hablar del ‘bien de la familia’ (bonum familiae) en un contexto muy distinto, ante los auditores de la Rota Romana al tiempo de la apertura del año judicial, y lo presentó como “el fruto bendito de la alianza conyugal” en términos más que precisos: el ser familia es fruto del plan divino, sobre todo para la prole generada, de modo que los cónyuges junto con los hijos que engendran son, antes que nada, la familia humana en su núcleo esencial.

Retoma luego algo que él mismo ya ha defendido: que “la familia es la base de la sociedad y la estructura más adecuada para garantizar a las personas el bien integral necesario para su desarrollo permanente”, y que pasar de los principios a los hechos es en nuestro tiempo un desafío absoluto.

Finalmente, y como lógica conclusión a lo hasta aquí expuesto, el Obispo de Roma ha podido ratificar que lo hasta aquí ventilado tiene como meta dirigir a nuestro género a la Fraternidad Humana, compromiso para el cual el monoteísmo de cualquier confesión debe tener un presupuesto común, pues “el hecho de que todos somos criaturas de Dios debe hacernos sentir hermanos”, en consecuencia, “ninguna violencia puede justificarse en nombre de Dios”.

Un reto grandísimo, más allá del diálogo ecuménico, para quienes profesan una educación religiosa anclada en el dato antropológico que nos unen a los judíos, cristianos y musulmanes, el monoteísmo.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de marzo de 2021 No. 1339