Por Tomás De Híjar Ornelas

“Mirad: estamos subiendo a Jerusalén” Mt 20,18

Con la visión del mundo que por su ministerio tiene el actual Obispo de Roma y gracias a su capacidad inaudita para verlo todo con mirada pastoral muy diáfana, en su Mensaje para el tiempo litúrgico de preparación a la Pascua del 2021, hecho público en la segunda semana de noviembre del 2020 bajo el título ‘Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad’, Francisco traza una ruta a las virtudes teologales en estos términos: La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas; La esperanza como “agua viva”, nos permite continuar nuestro camino y La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

Según él, la Cuaresma, itinerario de conversión, tiene como herramientas el ayuno o vía de la pobreza y de la privación; la oración o diálogo filial con el Padre y limosna, o mirada y gestos de amor hacia el hombre herido, y como cumbre, la Pascua, o sea, la experiencia del renacimiento que nos dio el Espíritu Santo el día de nuestro bautismo.

La fe supone, dice el Papa, “la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello” y que en Cristo alcanza su plenitud; el ayuno lo hace a uno “pobre con los pobres” para acumular “la riqueza del amor recibido y compartido”, privándonos aún “de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrirnos al ‘Hijo de Dios Salvador’”.

La esperanza, por su parte, consiste en hidratarnos con el Espíritu Santo como un anticipo del triunfo de la vida sobre la muerte, aceptando con sencillez “que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor”, como lo es “en el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto”, pues también nos coloca ante la obligación de cuidar de las criaturas. La esencia de la reconciliación no es otra que ser “difusores del perdón”, en “diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido”, para lo cual es menester la plegaria o intimidad con el “Padre de la ternura”.

Todo ello hace posible ese “impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión”, o “amor social”, y visualizar su meta, la “civilización del amor”, desde premisas puntuales y contundentes: la construcción de un mundo nuevo con “caminos eficaces de desarrollo para todos”, compartir lo que somos y tenemos y “cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de covid-19”.

A decir suyo, ofrecer “con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo” es la ocasión para “percibir la dignidad del otro” y en primer plano, la de los pobres, que “descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad”, de lastre social se transforman en actores y protagonistas de su propio destino.

Creer, esperar y amar condensa el camino de la Cuaresma propuesto por Francisco este 2021.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de febrero de 2021 No. 1337