Por Padre Nicolás Schwizer

En este mes pascual, la Iglesia quiere llamar nuestra atención sobre el Señor resucitado. Él es el modelo del hombre que debe nacer en nosotros: el hombre pascual, el hombre nuevo, el hombre redimido y renovado por Cristo.

Este hombre pascual es, ante todo, un hombre de fe. Ahora, ¿qué es la fe? La fe no es aceptar una doctrina religiosa, sino es traducirla en la vida. La fe es una realidad vital, un proceso de vida. No es creer en ciertos artículos de fe, sino es creer en una persona, es creer en Jesucristo es identificarse con Él, orientar toda su vida hacia Él.

Los Evangelios nos muestran a Jesucristo como Buen Pastor. Es una imagen muy conocida desde el cristianismo primitivo. Ya la encontramos en las Catacumbas. Pero también hoy en día todos conocemos estas imágenes del Buen Pastor en medio de su rebaño o con la oveja sobre sus hombros. Parece que a los cristianos de todos los tiempos esta persona del Buen Pastor los impresionó mucho.

¿Qué nos dice a nosotros esta imagen de Jesucristo? Por una parte, nos muestra la actitud del Buen Pastor frente a nosotros: Nos llama, nos busca, nos dirige, nos orienta, nos protege y defiende. En el fondo es la manifestación de que yo nunca estoy solo en mi camino de vida.

Desde mi Bautismo, cuando comenzó su amistad conmigo, Jesús siempre está a mi lado, nunca me abandona. Él es mi compañero, invisible pero fiel, en todas las situaciones de mi camino: En horas felices, Él aumenta mi alegría. En horas tristes, Él comparte la cruz conmigo.

Pero, por otra parte, esta imagen del Buen Pastor nos muestra también la actitud de las ovejas, es decir, nuestra actitud frente a Él. Las ovejas lo conocen, le escuchan, le siguen, le confían. Es la manifestación de que una vida de íntima unión con Cristo depende también de mí.

Él está presente en mi vida, me ofrece su amistad y compañía. Pero yo tengo que aceptarlas, tengo que abrirle mi corazón, tengo que acercarme a Él.

Y no sólo durante una hora por semana, en la misa dominical, debo identificarme con Él, sino toda mi vida debe orientarse hacia Él: mi trabajo y mi descanso, mi vida personal y familia, mi compromiso social, político y cristiano. Resulta una convivencia y un diálogo profundo, vital y permanente con el Señor.

“Las ovejas me conocen y escuchan mi voz”. Pero la pregunta es: ¿conocemos nosotros realmente a Cristo? ¿Le dedicamos suficiente tiempo para conocerlo más? ¿Nos interesamos verdaderamente por Él? ¿Tratamos de dialogar con Él, de encontramos con Él?

La oración personal es un camino de encuentro con Cristo. ¡Cuántas horas pasamos charlando, conversando con los amigos! ¡Pero qué poco tiempo hablamos con Jesús, nuestro mejor amigo!

Tal vez cada uno podría pedirle hoy a Jesús que nos regale vocaciones sacerdotales y de vida consagrada que tanto necesita nuestra Iglesia.

Pensemos: ¿quién nos llevará a Jesús mejor que su Madre? Ya el Papa San Pio décimo dijo: María es el camino más fácil, más corto y seguro hacia Jesucristo. Y los grandes Santos de todos los siglos afirman y prueban con su vida la verdad e importancia de este camino clásico: por María a Jesús. Entonces, cuando buscamos una relación personal, vital con Cristo, debemos acercarnos a María.

Queridos hermanos, pidamos, por eso, a la Santísima Virgen que Ella nos conduzca hacia un encuentro profundo y permanente con su Hijo Jesús: en la Eucaristía y en nuestra vida de cada día.