Por P. Fernando Pascual

Es triste constatar los miles y miles de seres humanos que, cada año, son asesinados injustamente.

Algunos de ellos reciben un recuerdo necesario en medios de información, en redes sociales, en actos conmemorativos, incluso en sesiones del parlamento.

Pero hay otros miles y miles que no son conocidos, que no son recordados, que no aparecen en listas, que ni siquiera reciben el recuerdo solidario en sus países de origen.

Junto a todos ellos, hombres y mujeres de diversas edades, que rieron, que lloraron, que lucharon, y que un día fueron asesinados, hay millones y millones de seres humanos que no tienen ni siquiera nombre.

Son todos aquellos hijos e hijas eliminados a través del aborto voluntario en el seno de sus madres.

Es cierto que, en algunas ocasiones, quienes reconocen lo que hicieron en el aborto, tienen la fuerza interior para dar un nombre al hijo abortado.

Pero en muchos casos ese nombre no se recibe aquí en la tierra. A lo sumo, los hijos abortados entran a formar parte de estadísticas que se publican y que simplemente sirven para recordar que el aborto elimina cada año miles de vidas humanas inocentes.

Esos hijos, de pocas semanas, de algunos meses, que no llegaron a ver la luz, o incluso que la vieron pero fueron inmediatamente asesinados, merecen ser recordados por todos aquellos que aman la justicia.

Junto a las listas que se leen en público con nombres de víctimas de atentados, de violencias gratuitas, de odios que duran por generaciones, hay que unir esa multitud de pequeños seres humanos que son destruidos en su primer y único hogar.

Recordarlos será un paso necesario para que el aborto no siga siendo un hecho rutinario, sino que se reconozca como una injusticia grave contra un ser indefenso.

Ese paso se une a tantos otros pasos orientados a ayudar a las madres en dificultad y a ofrecer alternativas al aborto.

Así se salvarán las vidas de muchos hijos que llegarán al momento maravilloso del parto, y que recibirán un nombre con el que les reconozcamos, con cariño, como miembros de nuestra familia humana.