Por P. Fernando Pascual

Un médico, un contable, un oficinista, un arquitecto, ¿se equivocan porque saben o porque no saben?

La pregunta está presente en los Diálogos de Platón, y nos coloca ante esa experiencia de los errores humanos, algunos de los cuales tienen consecuencias serias para uno mismo y para otros.

Miremos al médico. Ha estudiado, seguramente se ha actualizado. Llega una persona con sus dolencias. Ve los datos, pide más análisis. Concluye que se trata de un cáncer y propone una terapia.

Con el tiempo se descubre que la terapia lleva al enfermo a empeorar su situación. Se busca el parecer de otro médico, que cambia la terapia por considerar errónea la anterior. El enfermo empieza a mejorar.

El error del primer médico, ¿se produce desde lo que sabía o desde lo que no sabía? En otras palabras, y según el modo de hablar de Platón, ¿se equivocó por actuar en cuanto médico o porque se apoyó en intuiciones o ideas no basadas en la medicina?

Alguno dirá, con bastante acierto, que la medicina no es ciencia exacta, y que los “errores” de los médicos no surgen porque desconozcan algo, sino porque precisamente su ciencia está abierta a muchas incógnitas, y porque con frecuencia se toman las decisiones con un margen de error ineliminable.

Pero precisamente aquí radica el problema del médico que se equivoca: que algunas veces no llega a un conocimiento completo ni de la situación del enfermo, ni de cuáles serían los mejores caminos de terapia.

En otros ámbitos, por ejemplo, en ciencias más precisas, como la contabilidad, los errores tendrían su origen cuando el experto deja de actuar según su ciencia. Eso es claro en casos de distracciones al hacer un cálculo, al copiar mal un número en la base de datos, o no incluir por olvido una factura.

Otras veces, por desgracia, los “errores” surgen desde algo de malicia, quizá para vengarse contra la empresa en la que se trabaja, o para lograr un beneficio deshonesto al añadir un gasto inexistente y así robar dinero de otros.

Sean cuales sean los orígenes de los errores, lo cierto es que el ser humano necesita estar continuamente atento sobre sí mismo para distinguir, en la medida de lo posible, entre lo que sabe y lo que no sabe.

Respecto de lo que se sabe, si hay honestidad, un experto actuará cuando le piden un parecer, con el deseo de ofrecer ayudas eficaces, de la mejor manera posible, a otros.

Respecto de lo que no sabe, según la famosa enseñanza de Sócrates, el experto reconocerá su ignorancia, consultará a otros. Si no logra salir de dudas, propondrá aquello que le parezca más adecuado como algo provisional, y dispuesto a seguir la búsqueda de nuevos conocimientos para afrontar mejor ese tema en concreto.