Por Raúl Espinoza Aguilera

De 1936 a 1939 España sufrió una cruenta Guerra Civil en la que hubo miles de heridos y muertos. Varios historiadores le han llamado “la guerra del odio” porque se observaron escenas particularmente crueles en ambos bandos: el franquista y el republicano. El motivo de este artículo no es ponerme a juzgar a ninguno de los dos, sino exponer hechos objetivos.

Siempre me ha llamado la atención el odio y aversión de algunos españoles hacia la religión católica. Lo observamos incluso en el actual gobierno. ¿Desde dónde se inicia? De los conceptos emanados de la Revolución Francesa que calificó a la religión como “sembradora de la ignorancia, oscurantismo, opuesta al progreso, llena de prejuicios hacia la ciencia y que lo mejor era acabar con ella cuanto antes”.

De esta manera, las Logias Masónicas se encargaron de difundir ampliamente estas ideas entre la Monarquía española, la nobleza, la aristocracia, los gobernantes, etc. De autodenominaban “librepensadores” pero en realidad su actuación era atacar al catolicismo agresivamente y por todos los medios: a través de la educación y la prensa. Desde el siglo XVIII, a la Iglesia se le quitaron sus bienes con la llamada “Desamortización de Godoy” (1798), otras leyes más radicales y fueron rematados públicamente. Muchos burgueses que los adquirieron a precios irrisorios se enriquecieron de la noche a la mañana. Intervinieron los Reyes Carlos III, después Alfonso XII y, y con menos protagonismo, Alfonso XIII. Los jesuitas fueron expulsados de España y de todos los territorios en América y Filipinas.

¿Cuál fue el motivo? Se consideraba que los religiosos, clérigos y monjas no servían absolutamente para nada, que eran “manos muertas”-así decían. Cuando resulta que ellos resultaron ser un factor clave para la educación de los pueblos de América. Basta con citar el admirable ejemplo de Vasco de Quiroga en Santa Fe y Michoacán, así como la fundación de la primera Universidad en México.

¿Cuál era la situación en la España de inicios del siglo XX? Tenían un gran rezago económico, mucho desempleo, el campo estaba en crisis lo mismo que la ganadería y la minería. Había terratenientes con mucho dinero pero que no se ocupaban de ayudar a las clases marginadas así que se creó una grave desigualdad económica, social y cultural.

Sobrevino una enorme migración del campo hacia las grandes ciudades en busca de algún empleo. Todo ello fue el caldo de cultivo para un levantamiento social.

Gustave Le Bon, en su libro “Psicología de las Masas” comenta que las masas normalmente son ignorantes, anónimas, fácilmente manipulables y basta con meterles un concepto claro en sus cabezas para moverlas a cualquier acción. En este caso fue: “La Iglesia es la culpable de todos los males de España. ¡Mueran los curas!”

Los abusos contra los creyentes continuaron y se fueron agravando hasta que el 17 de julio de 1936 se levantaron un buen número de Generales contra el gobierno de la II República y comenzó esta dolorosa conflagración para los ciudadanos de este país. Fue una larga guerra y las potencias de los países europeos probaron sus novedosas armas bélicas.

Concluimos señalando que las guerras son el cúmulo de todos los males donde aparece en toda su crudeza la maldad humana y únicamente se abren heridas profundas entre las familias, como es el caso de España.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de mayo de 2021 No. 1349