Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

La Cruz ha sido el signo distintivo de los cristianos, desde un principio hasta ahora,  porque fue el altar de la inmolación de nuestro Redentor a través del cual ofreció su vida para gloria del Padre y para nuestra salvación.

Hay dos fechas significativas que nos permiten centrar nuestra atención en esta reliquia santa: el 3 de mayo de 326, nos hace referencia al hallazgo de la Santa Cruz  por Santa Elena, la Madre de Constantino; el 14 de septiembre del 628 hace referencia a la recuperación de la misma Cruz, por el emperador Heraclio,  hurtada en el 614 por el rey persa Cosroes II, quien la puso como estrado de su trono en burla y desprecio a los cristianos.

Progresivamente se fue valorando el alcance de la Santa Cruz, después de la Paz Constantiniana con el edicto de Milán del 313.

El texto de san Pablo a los Filipenses (2,6-11), tiene por fondo la Cruz como signo, criterio y acontecimiento de salvación: Cristo Jesús, siendo Dios tomo condición de esclavo, se humilló hasta la muerte de Cruz; el Padre lo resucitó y le dio un Nombre sobre todo nombre; es el Señor,- el Kyrios, ante el cual se debe doblar la rodilla en todos lados. De aquí que los ‘sentimientos’, han de ser asumidos por nosotros en esta comunión de amor, diríamos no en abstracto, sino como núcleo de nuestra unidad personal que asume nuestra voluntad e inteligencia en el sentir, -en el pathos, de la Santa Cruz.

La Cruz, es signo que implica el ‘misterio’, porque a través de él, Dios Padre actúa para la salvación de la persona humana en Cristo Jesús, su Hijo, y nos invita a su asentimiento en orden a entender el alcance de la salvación y de nuestra propia santificación, a tal grado, que en la aceptación progresiva e intensiva, se puede llegar a fenómenos místicos que superan toda razón, como es el caso de grandes santos, como san Francisco, san Juan de la Cruz,- un largo etcétera, y entre nosotros la Beata Conchita Cabrera de Armida, gran mística potosina, cuya vida y misión solo pueden ser valorados desde el misterio de la Santa Cruz.

Es Jesús quien en el evangelio de san Lucas señala la importancia de la Cruz para entrar en la gloria (24,46): “Está escrito que el Mesía iba a padecer y resucitar al tercer día de entre los muertos y, comenzando por Jerusalén, se iba a predicar en su nombre la conversión y el perdón  de los pecados a todas las naciones”.

San Pablo, por esa gran experiencia y por la acción del Espíritu Santo,  entiende que Cristo unido a la Cruz, es fuerza y sabiduría de Dios (1 Cor 1, 24).

San Juan desarrolla su evangelio bajo la dimensión gloriosa del padecer del Señor, como epifanía de su majestad; así nos revela el alcance infinito de su amor por nosotros; nos amó hasta el extremo de padecer la muerte ignominiosa en la Cruz (Jn 13, 1; 19,20).

Si se quiere ser discípulo de Cristo, necesariamente se tiene que tomar la cruz (Mt 16,24). Esto significa unirse a Jesús por la aceptación de todos los sufrimientos, en él , por él y con él.

Es el Amor de Dios el que se autorrevela en la Cruz,  exige mi respuesta sincera, humilde y generosa porque: “Me amó y se entregó por mí” (Gál 2, 20).

Finalmente, no se puede separa el aspecto doliente de la Cruz de su aspecto glorioso. La Santa Cruz evoca el misterio pascual de Cristo; es, diríamos, el kerigma simbólico de la enseñanza apostólica: Cristo murió, Cristo resucitó. Si con él morimos, con él resucitaremos; si con él sufrimos, con él reinaremos (cf 2Tim 2,11).

“Que nuestro único orgullo sea la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, porque en Él tenemos la salvación, la vida y la resurrección, y por Él hemos sido salvados y redimidos, Aleluya” (Cf Gál 6,14), antífona de entrada a la misa de la Exaltación de la Santa Cruz.

“Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Porque has puesto la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que, de donde tuvo origen la muerte de allí resurgiera la vida; y el que en un árbol venció, fuera en un árbol vencido, por Cristo, Señor nuestro” (Prefacio: La Victoria de la Cruz gloriosa).

Que la Cruz del Señor, sea descubierta en el corazón de cada uno de los cristianos; es nuestra esperanza, nuestro criterio de salvación y la escala para ascender a altos grados de santidad. Ni las teorías conspiratorias, ni los análisis trascendentales, ni las brillantes teorías científicas, ni los fastuosos movimientos; el signo del Cordero,-la Cruz, en la frente y en la mano,-en el pensamiento y en la acción, nos aseguran la Victoria definitiva. Es el sello distintivo de lo auténticamente cristiano: ‘Made in Heaven’, ‘Hecho en el Cielo’,  la Santa Cruz.