Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Hay palabras que se ponen de moda y de las cuales se abusa a placer. Una de ellas es la palabra pueblo. Alaban al pueblo, pero no quieren serlo. Ya los romanos distinguían entre “pueblo y senado”. Este recurso discriminatorio está en boca de las élites y de los gobernantes.

Afirmar que el pueblo es sabio, que el pueblo no se equivoca, que el pueblo es el que manda, es artificio demagógico y redituable. Populismo le dicen.

A la Iglesia también se le llama Pueblo de Dios. El Concilio lo califica como santo y elegido, y precisa: “un pueblo congregado en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). En una sola frase eleva al pueblo creyente a la altura de su Creador: Comunidad creyente reunida por obra y gracia de la Santísima Trinidad. A cada una de las Personas divinas se le asigna su intervención para darle forma y unidad. Al Padre se le atribuye el designio de convocarlo; al Hijo de redimirlo; y al Espíritu Santo de santificarlo. Es lo que recordamos al persignamos. Precisando los términos podemos decir que la Iglesia es el Pueblo de Dios Padre, el Cuerpo místico de Cristo y el Templo vivo del Espíritu Santo.

Tanto la Iglesia en su conjunto, como cada cristiano en particular, quedan incorporados a la vida del Dios tres veces Santo. Desde la entrada a la Iglesia, cada bautizado llega a ser Hijo del Padre, Hermano de Cristo y Templo viviente del Espíritu Santo. La Santísima Trinidad, con la plenitud de su misterio, comunica a la Iglesia su imagen y semejanza: la pluralidad de sus miembros y la unidad de su ser. Unidad y pluralidad en armonía trinitaria es sinodalidad.

Para expresar los contenidos de la fe católica, la Iglesia suele utilizar los vocablos de la propia cultura, que siempre resultan deficientes; por eso les añade un plus, una sobredosis de significado, pues el misterio desborda la realidad. Este contenido es el que a los profanos se les suele escapar. Lo habrá notado en reportajes y noticieros. Sólo quien abre su corazón a la Palabra de Dios y a la luz del Espíritu Santo, recibe el don de entendimiento y sabiduría para comprender la obra de Dios. Quien abre su entendimiento a Dios y a su misterio, el Espíritu le regala una atmosfera donde comienza a respirar gustoso; pero el que se encierra en el muro de la autosuficiencia, difícilmente encuentra la puerta de entrada al reino de los cielos. Éste es para los pequeños. Descubrir en la Iglesia un “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”, es decir, una prolongación en el tiempo y en el espacio del Misterio de la Encarnación, es ciencia sublime y gracia infinita de Dios.

Ante la opacidad de la vida humana, los cristianos elegimos el misterio y no el absurdo. Éste es un agujero negro sin salida, el misterio en cambio una luz tras de la nube. Cada gesto de fe es un paso hacia la luz. El uso del lenguaje cristiano con fines e intereses políticos y electorales es particularmente condenable. Suele practicarse entre los mafiosos para confundir a los incautos e involucrarlos en el crimen.

A la Virgen Santísima llama el Concilio “imagen y figura de la Iglesia”, porque fue pensada por Dios a imagen de la santa Trinidad: Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo. En Ella resplandece el Misterio de la santa Iglesia de Jesucristo en todo su esplendor.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de junio de 2021 No. 1352