Por Arturo Zárate Ruiz

Un amigo mío de “avanzada”, y también muy burlón, se reía de algunos camaradas suyos que presumían su “corrección política”. Dondequiera que iban, notaba, cargaban con un periódico La Jornada o una revista Proceso, muy visibles, bajo el brazo, pero nada más. Dwight Longenecker lo consideraría un ejemplo del “antinomianismo” actual, herejía consistente en la “sola fide”. Ejemplo de este error fue cuando algunos protestantes dijeron que basta que creas que Jesús es Dios, o digas “Señor, Señor”, o cargues una Biblia bajo el brazo, para ser aceptado automáticamente en el Cielo, aunque no hagas la voluntad del Padre.

La “sola fide” consistiría hoy, en el caso de los camaradas de “avanzada”, en afirmar ellos a viva voz las ideas “revolucionarias” para ser de inmediato “revolucionarios”, aunque no salgan nunca de las tiendas de Polanco.

Así, la mayoría de nuestros políticos se consideran adalides de la educación pública. Sin embargo, mandan a sus hijos a escuelas privadas, de preferencia católicas porque allí “les enseñan valores”. Aunque más del 30% de las escuelas públicas no recibe agua limpia para que beban los niños, dichos políticos prohíben que se vendan allí refrescos azucarados que sí llegan. Se pavonean como “promotores de la salud” por prevenir diabetes futuras, pero no se esfuerzan en evitar las diarreas de ahora.

Conozco a no pocos especialistas en derechos laborales, es más, “paladines” de dichos derechos, quienes no obstante censuran a sus empleados si no trabajan horas extras o en domingo, sin remuneración. Los regañan porque “no tienes compromiso institucional”.

Sobran hombres que se pasean como feministas, pero su mayor apoyo a una mujer (aun a la que embarazaron) es decirle que “es su cuerpo” y que no necesita su autorización para abortar, aunque se lo recomienden y la presionen con insistencia.

Por supuesto, hay también empresarios que defienden a capa y espada el libre mercado, pero que “triunfan” sobre la competencia no con mejores productos o servicios, sino con sobornos a los encargados de la obra pública, o de las compras en otra empresa.

Los hay quienes se quejan de los malos servicios del gobierno, pero siguen en la informalidad. En México, no pagan impuestos más del 60% de los negocios. La carga de los gravámenes lo dejan a quienes somos causantes cautivos.

Se dan los “tolerantes” que no soportan, ya no digo el casarse, sino una visita de su madre a su casa.

He allí algunos “naturistas” que renuncian a todos los “químicos”, aun las medicinas, y comen y compran todo “orgánico”, salvo los anticonceptivos. Esos los consumen a punto de lucir fosforescentes.

También existen los “libre-pensadores” que por no pocos siglos se han esforzado en callar a los católicos, sino es que también los han perseguido, prohibido, e incluso matado a punto de genocidio, como ocurrió en La Vendée, o en España durante la Segunda República, o aquí en México con Calles.

No faltan los “todos ternura”, quienes en vez de aplastar una cucaracha le dan de comer y le construyen su casita. Sin embargo, muchos de ellos son también los que practican y promueven el aborto. “Es que los seres humanos somos la amenaza”, dicen.

Hay quienes se horrorizan por la pobreza de muchos en México, pero son también los que ponen una traba tras otra a quienes apuestan todo su dinero en crear empleos bien remunerados. “Es que son iniciativa privada, fifís”, arrugan la nariz. Dicen combatir la pobreza, no con empleos, sino con magras limosnas a cambio de respaldo político.

Hay también quienes dicen defender la voluntad popular pero buscan destruir las instituciones que garantizan la democracia.

Digámoslo sin pelos en la lengua: a veces nos ocurre a algunos católicos, de esos que prendemos más veladoras en casa que todos los santos, el voltear el rostro tras ver a un menesteroso sin bañar pidiendo limosna en la calle. Nos arriesgamos a que se nos condene como al rico Epulón.

Pero si hablo hoy sobre la “sola fide” es para que no presumamos de ser muy democráticos y luego no vayamos a votar en estas elecciones.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de junio de 2021 No. 1352