Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

La Solemnidad del ‘Corpus Christi’, tiene en nuestro pueblo cristiano gran arraigo, que puede decrecer por diversos motivos, como quedarse estancados y considerarse simplemente como espectadores; así lo afirma el Papa Francisco en la encíclica ‘La Alegría del Evangelio’.

La ‘oración colecta’ de esta Solemnidad, sintetiza admirablemente la realidad y grandeza de este sacramento, instituido por Jesús antes de padecer cruentamente en la Cruz, como un ‘ot’ o signo profético, y que nos manda que lo realicemos, como un ‘anámnesis’, o memorial de su pascua, -muerte y resurrección, hasta que vuelva: “Señor nuestro Jesucristo que en este admirable sacramento nos dejaste el memorial de tu pasión, concédenos celebrar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre que experimentemos continuamente en nosotros el fruto de tu redención”.

El Catecismo de la Iglesia Católica, ofrecido a la Iglesia por  san Juan Pablo II, a partir del número 1322 hasta el 1419, nos ofrece una exposición magistral, desde diversos  puntos de vista: bíblico, patrístico, de Santo Tomás, de los Concilios como Trento, del magisterio de los papas y litúrgico, de modo que podamos profundizar y conocer de modo estructurado este gran regalo del Señor Jesús, ‘prenda de la vida eterna’, Cristo mismo nuestro alimento para el camino, y principio real de nuestra propia transformación en el mismo Cuerpo de Cristo que es el Cuerpo de la Iglesia por este Cuerpo eucarístico del Señor.

En el número 1378 leemos: “En la liturgia de la Misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. ‘La Iglesia católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión’ “(Misterium Fidei). Además en el nº1380, citando a san Juan Pablo II, en ‘Dominicae Cenae’ 3, nos recomienda y nos hace una invitación: “La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración”.

En este sacramento hemos de reconocer la realidad salvífica instituida por Jesús, según la cual es Cristo mismo quien se nos entrega en su ser y en su obrar. Jesús cumple su misión del Siervo de Yahvéh quien inicia y lleva a cabo la redención por su muerte expiatoria y será rehabilitado por el Padre en la Resurrección. Cristo se hace don desde su corporeidad para realizar su entrega en sacrificio. La acción anticipada y profética, -‘ot’, de lo que acontecerá, es la realización inicial del designio de salvación. Es signo profético, como signo eficaz: anuncia el sacrificio de su muerte, representa simbólicamente su entrega en el pan y en el vino que convierte en su cuerpo y en su sangre de la Alianza nueva y eterna, y por tanto, que él nos ofrece como inmolado en sacrificio. Quizá sea conveniente considerar el trasfondo hebreo del ‘cuerpo’ que se refiere al hombre concreto acentuando su corporeidad y la ‘sangre’ como principio de vida; así es Cristo en persona quien se entrega en su cuerpo y en su sangre, diríamos todo entero, con la implicación de todo su ser como Verbo encarnado, Dios y Hombre, verdaderos. El memorial, -la anámnsis, va más allá de algo subjetivo y se trata de una realidad objetiva: es la presencia de Cristo en su realidad ontológica. San Pablo nos enseña (1 Cor 10, 16) que la presencia es real y corpórea de Jesús que el pan partido y el cáliz bendecido son ‘participación’, koinonía, en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús. La presencia eucarística, es presencia actual de la acción del sacrificio de Cristo, que se inicia en la encarnación y llega a su culmen en la Cruz, en su muerte y en su glorificación.

Son extraordinarios los alcances de este Sacramento del ‘Corpus Christi’, de Cristo mismo y verdaderamente presente y activo: es el don de sí mismo, para todos y cada uno de nosotros; se logra, si no ponemos obstáculos, nuestra identificación por transformación en él mismo; las realidades terrenas alcanzan también la prenda de la glorificación; se nos incluye en su resurrección-glorificación; se realiza en verdad la unión con Dios de toda la humanidad y de los seres humanos entre sí; es la realización de la Iglesia en su ser- la Eucaristía hace a la Iglesia, y actualiza su dimensión de catolicidad.

Cristo en este sacramento de su entrega y presencia, nos revela el amor infinito de Dios uno y trino por todos y cada uno de nosotros; el Padre nos entrega a su Hijo, el Hijo se entrega en amor al Padre, por el mutuo amor del Espíritu Santo. De aquí nuestra respuesta ha de ser de adorar, alabar y dar gracias al Señor, quien ‘sigue amándonos hasta el extremo, hasta el don de su cuerpo y de su sangre’ (cf Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 1).

Es un ‘misterio’ que supera la comprensión humana; el corazón creyente, a las palabras de Jesús y la fe de la Iglesia a través de los siglos, así lo ha creído, celebrado y vivido. Más allá de lo que aceptamos por la fe que nos comparte la Iglesia y que es don de Dios, están los milagros eucarísticos, que nos permiten ver la convergencia entre la fe y la ciencia, como lo hace el Dr Ricardo Castañón Gómez; nos certifica desde la ciencia que en el milagro eucarístico, es tejido de miocardio, existen glóbulos rojos y, oh sorpresa, glóbulos blancos, como lo examinó el Dr.  Frederick T. Zugibe Patólogo y Forense  de Nueva York; nos dice este médico al examinar el cuerpo eucarístico transformado, sin saberlo: “Soy especialista del corazón. El corazón, es mi territorio. Esto parece ser un tejido del músculo del corazón inflamado…del ventrículo izquierdo…La presencia de células de sangre infiltradas en el tejido indican que hay una inflamación…La presencia de células blancas de la sangre en la muestra indica que el corazón estaba vivo en el momento que se tomó la muestra, porque los glóbulos blancos no pueden existir fuera del cuerpo en cuanto se nutren del mismo cuerpo. Los glóbulos blancos tendrían que disolverse a los pocos minutos o a una hora aproximadamente, luego de haber abandonado el organismo. Algo más, habría sido imposible que los glóbulos blancos se mantuvieran en la muestra si ésta estuvo conservada en agua. Comenta también que la morfología del tejido está relativamente conservada, porque estando en agua, debería haberse deteriorado dentro de una semana”.  El estudio se le presentó al Cardenal Jorge Bergoglio el 17 de marzo del 2006, cuando era arzobispo de Buenos Aires, antes de ser el Papa Francisco. (Vide Ricardo Castañón Gómez, Ph. D, “Más allá de la Razón…Un diálogo de complementariedad entre la Ciencia y la Fe”, págs 184-185, 3ª edición, 2011).

En suma, Jesús nos invita (cf Jn 6), al banquete que él preside; más aún él mismo es el banquete del Reino en persona. Él es Pan, pero el pan de la vida. Así el Corpus Christi es la clave para acercarnos a comprender con admiración gozosa y contemplativa, que Dios es Amor, para acercarnos a valorar y entender mejor la grandeza y dignidad de la persona humana y, por supuesto, toda la obra salvífica del Señor Jesús, el Siervo Doliente, el Cordero de Dios, inmolado y glorificado, quita el pecado del mundo y nos devuelve la vida y el entusiasmo por Cristo, su Iglesia y la humanidad entera.

“Te adoro devotamente, divinidad oculta, que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente: a ti mi corazón totalmente se somete, pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo…” (Adoro te devote…).

Imagen de Gime Salvatelli en Cathopic