Por Arturo Zárate Ruiz

La imaginación es una facultad muy poderosa. Basta para cerciorarse de ello el contemplar a un niño que se cree jirafa o se cree león, o ambas cosas al mismo tiempo. A los viejos tampoco nos falta la fantasía, por ejemplo, nos vemos en el espejo y creemos que estamos tan guapos como cuando teníamos 20 años, aún más cuando pasa al lado una muchacha hermosa.

Entonces sumimos la panza y hasta nos acomodamos las tres canas gordas que brotan de lo más profundo de la oreja. A los jóvenes la imaginación incluso les sirve para pensarse triunfadores, y, así en su mente, trabajan con ánimo y muchos conquistan el éxito. Creerse esto o lo otro suele ser divertido, como cuando los abuelos jugamos con los nietos a que somos monstruos-come-fruta:

—¡Ay, ay!—gritan las fresas.

—Ya se acercan, ya vienen—, advierten los higos.

—¡Jo, jo!,¡munch!, ¡munch!, ¡mmm!, ¡mmm!—, decimos nosotros.

Con todo, a la imaginación hay que saberle poner sus límites. Una cosa es jugar a que soy el Guasón, y otra pretender hacerlo tan a la “perfección” que de hecho me dedique a quemar hospitales. O pensar que soy un tiburón y lanzarme sin saber nadar a lo más profundo del océano.

Además, la imaginación—recordémoslo—no es necesariamente sinónimo de la realidad. Vestirme de Euclides no es de ningún modo la manera en que pasaré el examen de geometría. Creerme Superman no me va a permitir volar, ya no digo desde la ventana del quinto piso, sino desde la de la planta baja. Aun de allí, ¡qué porrazo me daría de lanzarme por ella!

Hay también que saber escoger lo que te imaginas ser, pues existe el peligro de acabar comportándote como aquello que imitas, por ejemplo, como un holgazán, tras copiar y practicar todas sus mañas, o como un Scrooge, y volverte tan tacaño que le arrebatas su papilla a un bebé, o como un capo, y, en vez de capo, acabas esclavizado por el crimen organizado. Quien se junta con lobos, a aullar se enseña (o los lobos se lo comen).

Imaginar y pretender ser una persona cuando somos otra es algo que suele prohibir el Estado. De ir a Estados Unidos, decir que soy de allí, y ser atrapado en esa mentira, me arriesgo a que me deporten si no es que también me meten en la cárcel, no hablemos de presumir que soy de Querétaro a la hora de votar en estas elecciones, pues, aunque me duela, no soy de allí. ¡Delito electoral! He allí que, en general, el robo de identidad es muy penado.

Que aun disfrazarnos de san Francisco o de santa Clara no nos convierte en ellos ni nos vuelve santos. Lo que nos vuelve santos es abrazar de lleno la vocación propia que a cada uno Dios nos ha dado. Hay diversidad de carismas, nos explica san Pablo, y, de acuerdo con sus planes, Dios distribuye sus dones a sus fieles. Estos dones, pongamos atención a ello, no son imaginados. Son reales y fundados en lo que de hecho cada cual somos, no en lo que se nos antoje o fantaseemos ser.

Pues pretender estar cubiertos de teflón no nos protegerá del fuego de la estufa. Imaginarnos millonarios no es suficiente para comprar un yate de lujo. Creernos gallinas no nos permitirá poner huevos. Fantasear que somos espíritus puros no nos quitará el hambre ni la obligación de dar de comer a nuestro cuerpo. Suponer que somos inmunes a los venenos de víboras no nos librará del peligro de muerte de permitir su mordedura en nuestro cuello. Considerarnos aguacates no servirá para que seamos el ingrediente de un guacamole. Decir que nuestro aroma es de rosas no evitará que apestemos a zorrillo tras tres meses de calor y de no bañarnos.

Hasta hace poco si yo me creyera Napoleón o mi esposa Josefina hubiera sido razón para que nos enviasen al manicomio. Hoy todavía bastaría para considerarnos orates y decir que sufrimos un grave trastorno de la personalidad.

¿Por qué entonces, ahora, que me crea yo Josefina o mi esposa Napoleón, es celebrado, es más, protegido por las leyes en muchos países de “avanzada”? De decirme alguien que estamos equivocados se arriesgaría a que lo acusen de violentar nuestros “derechos humanos” por no respetar que dizque somos “transgénero”.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 30 de mayo de 2021 No. 1351