Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

El protagonista que sostiene y guía el camino -sinodalidad- del Pueblo de Dios para discernir la voluntad de Jesús resucitado es el Espíritu Santo. Le pedimos que venga en auxilio nuestro, puesto que ya se nos ha dado y nunca ha dejado de estar presente en la historia de nuestra salvación. Más que hablar de su persona, debemos sentir en nosotros su presencia y demostrarla con nuestras obras: “Si alguien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él” (Jo 14,23).

El Espíritu Santo está presente desde la creación hasta la consumación del mundo. Siempre opera como fuerza creadora y renovadora, ordenando el caos inicial, conduciendo a Israel a la tierra prometida e inspirando a sus profetas y escritores. Él encarnó al Hijo de Dios en el seno de María, lo condujo desde el Jordán hasta el Calvario y, una vez entronizado Jesús en la gloria del Padre, lo envía como Abogado a la Iglesia y al mundo para renovarlo y reintegrarlo en Dios. Presente desde Pentecostés en la Iglesia naciente, le abrió camino al Evangelio hasta los últimos confines de la tierra. Lo que el Espíritu dice, inspira y hace lo toma de Jesús, como Jesús lo recibe del Padre.

El Espíritu desciende sobre la comunidad apostólica reunida en oración con la madre de Jesús y con las mujeres y hombres asociados a ella por la fe y la esperanza. El Espíritu que engendró a Jesús en el seno de María, es quien ahora lo interioriza en el corazón de la Iglesia, y la sostiene en la lucha contra el Maligno. Este es el Espíritu que convirtió el cenáculo en un templo, y el que ahora habita en cada uno de los cristianos, los llena de valor y de sabiduría para anunciar con gozo el evangelio.

Toda esta actividad salvífica la realiza el Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo mediante la novedad de vida de los hijos de Dios. En la medida en que cada uno acoge la palabra divina en su corazón, se reintegra en la nueva familia de Dios. El Espíritu Santo, que mora en la palabra, se convertirá en palabra de salvación. La palabra de Dios es Espíritu y Vida y fuente perenne de vida espiritual.

El Espíritu actúa como el embrión en la semilla: sólo se percibe en lo íntimo del corazón. Después brota, florece y fructifica con sorprendente eficacia en el campo de Dios. La Biblia nos ayuda con algunas imágenes para tratar de identificarlo: la mano-dedo de Dios, la nube, el viento libre e impetuoso, el fuego abrasador, el ave que entibia el nido para generar vida y renovar el universo.

La obra cumbre del Espíritu Santo es integrar la comunidad, es decir, la Iglesia. Él hace la comunión entre el Padre y el Hijo y aquí configura la unidad de la Iglesia en su universalidad y variedad. En Pentecostés los apóstoles y los asistentes, hombres y mujeres, reunidos en oración con María, se estrechan en una sola alma y un solo corazón, mientras que afuera se congregan en la escucha del Evangelio hombres de todas las razas y lenguas del mundo. Es el Espíritu Santo quien hace la unidad de la Iglesia en torno a Jesús, a María y a los Apóstoles y la constituye en sacramento e instrumento de la unidad del género humano. La sinodalidad de la Iglesia es constructora de la fraternidad universal. Ésta es la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia sinodal de Jesucristo a la que, por gracia de Dios, nos gloriamos de pertenecer.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de julio de 2021 No. 1357