Por Arturo Zárate Ruiz

Parece inútil razonar sobre la verdad del Cristianismo con no pocos incrédulos, o peor, apóstatas pertinaces. No aceptan escuchar argumentos, más aún cuando ya están habituados a vivir como si no existieran ni Dios ni lo sobrenatural.

Aunque no sean indecentes según los estándares mundanos, se niegan a abrazar tanto la ciencia como la fe, como nosotros lo hacemos ventajosamente. Que les basta la ciencia, es más, que no pierden el tiempo en imaginarse, por ejemplo, diabluras tras las enfermedades, pues su tarea es averiguar sólo las causas naturales, y los remedios médicos.

Consideran no sólo la fe sino aun el conocimiento filosófico como mera imaginación, por no ser verificables como la verruga de su nariz. Y aunque, de ser así, no tendrían más base que sus volubles sentimientos para indignarse, como presumen, por las injusticias (éstas no tienen largo, ni ancho ni espesor), persisten en considerar lo sobrenatural e incluso el conocimiento verdaderamente filosófico con no más fundamento que la creencia en la kriptonita. Así, dicen, sólo se preocupan por investigar las propiedades visibles del uranio.

Ahora bien, que no oigan razones no es excusa para dejar de anunciar el Evangelio: que Dios murió por nosotros, fue sepultado, y resucitó al tercer día, ganándonos así la salvación. Este anuncio no es argumentativo sino informativo. Muchos no distinguen una religión de otra y reducen todas a celebrar hitos sociales como las bodas y las quinceañeras. Debe quedar claro que el Cristianismo no es cualquier religión. Además, y es lo más importante, este anuncio debe darse porque así nos lo manda el Señor. De hecho, como Él está directamente detrás de este anuncio, su proclamación es más efectiva que todas nuestras argumentaciones juntas.

Aunque los renegados no oigan razones, quizá sí podamos convencerlos con el ejemplo de nuestras vidas muy superiores en sentido y en plenitud, no por el éxito económico (aunque muchas veces lo hay), no por los ratos de contento (aunque abunden), no porque seamos gente muy generosa (a veces son más eficientes muchas organizaciones no gubernamentales en ayudar a los necesitados), no porque seamos de conducta intachable (de hecho, nos reconocemos pecadores y urgidos de conversión), sí porque nuestra vida resplandece, enriquecida por la fe, la esperanza y el amor que nos infunde el mismo Dios.

Sólo por Él nuestra vida, aun en el sufrimiento, puede tener plenitud y sentido. La alegría de contar siempre con Dios tanto en buenos como en malos momentos se aprecia. Eso convence más que un millón de argumentos. Por supuesto, participemos esa alegría a los demás, que obras son amores, no buenas razones.

No renunciemos, sin embargo, a la tarea argumentativa. Cantamos en la Iglesia, según nos inspira Juan Evangelista, “la señal de los cristianos es amarse como hermanos”.

Pero en un católico el amor no es caramelo. Tan así que Antoine de Saint-Exupéry precisó que debemos poner nuestra inteligencia al servicio del amor. Aunque los incrédulos no acepten nuestros argumentos, no podrán negar que, además de amar, razonamos. Otras religiones sólo creen.

En fin, plasmemos también en las bellas artes nuestra vida llena de plenitud y de sentido. Es un hecho que las ciudades preferidas por el turismo mundial son aquellas donde ha florecido el Cristianismo. Allí la huella de nuestra religión inspira aun a los ateos, no así los centros puramente mercantiles o de diversión que sólo se visitan para relajarse. Y las películas que más se ven y libros que más se aprecian son aquellos en que se retrata la complejidad de la vida humana sin perder claridad en lo que es el bien y lo que es el mal, según la divina instrucción; no así las películas y libros que sin dicha inspiración sólo ofrecen amargura, vacío, sin sentido.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de agosto de 2021 No. 1363