Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Los cambios en la celebración de la santa misa fue el hecho más visible y sensible para los fieles católicos a propósito de las reformas del Concilio Vaticano II. El uso autorizado de las lenguas vulgares en el culto divino fue uno de los temas más debatidos. Tantos siglos del uso litúrgico del latín explican en parte el que todavía siga generando añoranzas, pero nadie puede dudar de la sabiduría de los Padres conciliares bajo la guía del Espíritu Santo. Las votaciones y las actas del Concilio lo demuestran con creces.

La figura de monseñor Marcel Lefebvre vino a catalizar las múltiples críticas y acusaciones virulentas contra el Papa y el Concilio. Éstas se han extendido al papado en general, y ahora toca al Papa Francisco, como él dice, con pena y dolor, pero con firmeza, velar por la integridad de la fe y la unidad de la Iglesia católica, porque en el campo de la liturgia se juega la identidad plena y la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo. Celebramos lo que creemos y creemos lo que celebramos, es la regla. No hay pierde. Sólo se pierde el que lo busca, pues la fe “se proclama con la lengua, pero se cree con el corazón”.

Algunos grupos del movimiento lefebvriano persisten en el uso del misal preconciliar, editado en latín. Pretenden ampararse en la concesión benévola del papa Benedicto XVI a ciertos grupos y en determinadas situaciones, atendiendo a su sensibilidad religiosa y personal. Sabemos que un idioma conforma no sólo la mente sino el corazón, tanto el pensamiento como el sentimiento de individuos y pueblos. Un cambio lingüístico implica una mutación cultural, lenta pero segura. Lutero se hizo protestante con la Biblia católica.

Esta concesión papal fue un acto de benevolencia bajo determinadas condiciones. Y así perdura. Por tanto, no es correcto usarla contra el mismo magisterio pontificio, haciendo a un lado el misal romano publicado por encargo del papa san Pablo VI en obediencia al Concilio Ecuménico Vaticano II. No es aquí lugar para entrar en mayores explicaciones sobre esta reforma conciliar, pero no debemos olvidar que tocar la liturgia, el culto divino, es internarse en el corazón de la Iglesia y en el Misterio redentor de Jesucristo. En la liturgia “se ejerce la obra de nuestra redención”, no nuestros gustos. El Papa, junto con los obispos, son los responsables ante Dios de la autenticidad y verdad del culto que rindió Jesucristo al Padre, y que encomendó a su Esposa, la Iglesia: “Hagan esto en memoria mía”, no según el gusto de cada uno. Para eso nos dejó al Espíritu Santo, el cual va embelleciendo y haciendo crecer a la Iglesia hasta que llegue a la plenitud de la belleza de Cristo, y el Padre sea glorificado como merece.

Querer detener o bloquear la obra del Espíritu Santo, es temeridad; querer imponer y sacralizar los propios gustos, es autocomplacencia; pensar la iglesia como reunión de amigos, despreciando a la familia de hermanos, los cuales no se eligen, sino que se aceptan como regalo de Dios, es sectarismo; condicionar la fe y el culto a Dios a un idioma o a una cultura, es desconocer el misterio de la Encarnación y el destino universal de la salvación.

Como nos advierte el papa Francisco, todos debemos cuidar las celebraciones litúrgicas, que sean dignas y piadosamente celebradas; esto no se puede lograr sin la oración, la fe ardiente y la cultura cristiana. El concilio también enseñó que el lenguaje bíblico es “fuente pura y límpida de vida espiritual, sustento y vigor de la Iglesia”. De él se nutre la liturgia. No podemos sacarle la vuelta ni al Concilio ni a Dios.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de agosto de 2021 No. 1363