Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

La tarea de la Iglesia es hacer accesible el Reino, no usurparlo. Fratelli tutti 54-55

Los 1.300 muertos y cinco mil heridos graves de los que se tiene noticia al cabo de dos días del temblor que sacudió Saint-Louis du Sud, a 160 kilómetros de la capital de Haití, Puerto Príncipe,

anticipan un drama mayúsculo ahora mismo por el paso de una tormenta tropical que casi imposibilita las labores de rescate, en uno de los países más empobrecidos del mundo y destapa recuerdos dolorosos y recientes respecto al movimiento telúrico que en el 2010 dejó 200.000 muertos y más de 300.000 lesionados en la nación caribeña, ya de suyo postrada por los efectos de la crisis pandémica del covid-19 y el magnicidio asesinato del presidente Jovenel Moïse en julio del año en curso.

En ese marco el episcopado mexicano divulga su mensaje ‘Llamado a la solidaridad con Haití’, este domingo 15 de agosto de 2021. Lo firman don Rogelio Cabrera López, Arzobispo de Monterrey y Presidente de la CEM y don Gustavo Rodríguez Vega, Arzobispo de Yucatán y Presidente de Cáritas Mexicana, y ofrecen, por conducto de esta instancia, a los católicos de esta nacionalidad ocasión para sumarnos al apoyo en las necesidades más inmediatas de los haitianos, a través de una colecta especial con ese propósito, y luego de implorar “la protección maternal de Santa María de Guadalupe, Emperatriz de América”, recuerdan “que todas las acciones solidarias a favor del cuidado y protección de la vida humana” son la “expresión de la más alta caridad, que solo proviene del amor de Cristo, Señor y Maestro”.

Desde esta perspectiva y desde la del Evangelio, ¿qué viene a ser el pueblo de Haití en estos momentos, sino “el hoyo negro de una cultura individualista de la libertad y el progreso abiertamente ligada con un materialismo comprometido con las cosas y el consumo”? Pero también ocasión para que la forma fidei recobre su cercanía e inmediatez con la vida ordinaria y no otra cosa viene a ser el colapso humanitario de los haitianos, ya tan probados por la criba de la violencia, la impunidad, la corrupción policial y la pobreza extrema.

Haití fue en su tiempo el caldo de cultivo del colonialismo europeo en su fase más predadora y corrosiva. Sólo en tiempos del dominio francés (que comenzó en 1697), los esclavos llegaron a ser hasta 300.000 frente a 12.000 personas libres; su revolución, casi paralela a la de Francia, un modelo de posturas erráticas y perversas en las que el odio atizó el rencor acumulado hasta convertirlo en una carga explosiva que nada jamás, hasta la fecha, ha desactivado.

Estéril resulta lamentar el precario legado de la civilización cristiano occidental en la porción isleña ocupada por Haití, no, en cambio, hacer hacer un balance honesto de lo que a quienes formamos parte de esa cultura nos toca remediar.

El odio acumulado por el capitalismo predador tiene un sesgo que en su tiempo bendijo la Iglesia, la mancuerna altar – trono del antiguo régimen. Ahora nos toca saldarla con la única medida honrosa para casos como este: la solidaridad subsidiaria, cuya premisa es capitalizar “el esfuerzo de uno o de toda la Comunidad por reponer a aquel o aquellos que se vean afectados en su dignidad de persona para que, una vez recuperada tal dignidad, se puedan reincorporar al esfuerzo que supone la solidaridad contributiva”.

Que nada nos impida ya sumarnos al rescate integral del pueblo haitiano y como de paso poner a remojar nuestras barbas…

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de agosto de 2021 No. 1363