Por Arturo Zárate Ruiz

A veces quisiéramos que Dios fuese como el vecino, y no como papá y mamá. El inquilino de al lado nunca nos acusa de portarnos mal (a decir verdad, ni le interesamos). Éstos no sólo nos advierten, también nos regañan.

En cualquier caso, si algo anda mal, procuramos pensar que no es por culpa nuestra. Cuando mucho, cometimos un errorcito. Toda persona que intente amonestarnos entonces debería más bien apapacharnos para elevar nuestra autoestima.

Así, aun la misericordia de Dios no debería ser sino un consolar a angelitos para que, tras haber incitado a una mujer a que aborte el hijo común, recobremos la alegría.

—No te preocupes, Hitlerito, tú siempre serás un “chabocho” bombón.

Pero nuestro cristianismo no sería, entonces, más que el que deploró Reinhold Niebuhr: creer en un Dios sin ira que llevó a los hombres sin pecado a un reino sin juicio por medio de los cuidados de un Cristo sin cruz.

La misericordia de Dios no es de ningún modo confitería. Es amor. Y como amor verdadero incluye la compasión, el perdón, el ofrecer los medios para la conversión, y el darnos oportunidad de ser partícipes de su vida, inclusive su Cruz.

Vino Cristo al mundo porque se compadeció de nosotros. Nuestros pecados, de por sí feos, destruyen nuestra vida. Su compasión la llevó además hasta el extremo. Cargó las consecuencias de esos pecados, y asumió Él los sufrimientos que nos correspondían: una muerte de ignominia.

Pero como Él no pecó, no experimentó la muerte eterna, que también nos correspondería si su obediencia al Padre y su ofrecimiento en la Cruz no intercedieran por nosotros para alcanzarnos el perdón.

A un “enfermo”, sin embargo, no se le dice “¡cúanto te quiero!” sin mover un dedo para curarlo. El pecado nos daña y Dios no quiere que continuemos por la ruta del aniquilamiento. Por eso nos ofrece los medios para la sanación. No nos dice simplemente “mi amor” sin procurar sacarnos de la miseria. Por boca de Pedro, en Hechos, nos indica “convertíos y bautizaos”, es decir, empecemos a portarnos bien, a amar de veras. Aunque a una mayoría nos lleve tiempo y nos exija esfuerzo, es posible. Dios nos brinda para ello el vigor de los sacramentos y de su Palabra.

Con ellos nos participa de su divinidad y nos instruye: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. La nueva ruta, la de la salvación, es el practicar las obras de misericordia. Así seremos uno con Dios.

De todas las obras de misericordia, la que parece más difícil es el visitar a los presos, pues hay muchas restricciones en las cárceles.

Pero ellos no se encuentran siempre allí. La mayoría andan sueltos: su prisión es el pecado. Nuestra visita a ellos consistiría entonces en liberarlos tras anunciarles el Evangelio, tras proclamar la misericordia de Dios, es más, tras unirnos nosotros a Cristo en su Cruz.

Juntos con Dios en el sufrimiento, nos convertiríamos en víctimas de expiación por los pecados de todos. Y gran paradoja, por amar así, seremos entonces por siempre felices.

Como dije, la misericordia es amor, no confitería.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de agosto de 2021 No. 1360