Por P. Fernando Pascual

Largas horas de clases y lecturas, luego exámenes más o menos exigentes. Termina el tiempo de estudio. Llegan las notas, tal vez un diploma. ¿Qué queda de todo esto?

Estudiamos matemáticas y física, geografía e historia, gramática e idiomas extranjeros, literatura e informática. Pasan los meses y los años. ¿Qué recuerdo, qué uso de todo aquello que aprendí?

Constatar que olvidamos tantas cosas de nuestro tiempo de estudiantes, y de lo que luego aprendimos como adultos en libros o con otras ayudas, puede generar un cierto sentido de frustración.

Es cierto que, en el fondo de nuestra mente, permanecen estructuras e ideas, a veces muy escondidas, de lo que escuchamos y aprendimos en el pasado. Pero también es cierto que muchos conocimientos nunca vuelven a ser usados, y que algunos que quisiéramos recordar son casi inasequibles.

Quienes tienen la tarea de enseñar, sea en los niveles más básicos, sea también en la universidad, no son ajenos a este problema: ¿para qué tanto esfuerzo por preparar bien clases y por corregir tareas, si luego mucho va a quedar sepultado en el olvido para cientos de alumnos?

Podemos plantear la pregunta con la mirada puesta en lo que permanece, dura, a veces casi hasta el final de la propia existencia. ¿Por qué unos conocimientos se pierden con cierta rapidez, y otros quedan casi incrustados en nuestra memoria? ¿Qué ha favorecido la duración de los segundos?

Entre lo que permanece, hay dos grandes grupos de conocimientos. En el primer grupo está todo aquello que usamos continuamente, por ejemplo, palabras del propio idioma, o la tabla de multiplicar, o ciertas estrategias y atajos para trabajar bien la computadora.

Otros contenidos que duran mucho son los que aprendimos no solo para un examen y presionados por una exigencia externa, sino desde intereses personales, que fueron acompañados por mayor esfuerzo, quizá a través de discusiones en un grupo de estudiantes o con el mismo profesor.

Reconocer estos dos grandes grupos podría ayudar, sea a los profesores, sea a los estudiantes, a convertir el periodo de estudios en una tarea realmente fecunda, capaz de hacer una buena “cosecha” que permanezca en nuestra memoria por años y años.

Así, por ejemplo, un profesor que involucra a sus alumnos, que conecta con sus problemas existenciales, que promueve las discusiones en clase, que estimula a la investigación, permitirá que esos alumnos graben en sus almas aquello que no solo reciben pasivamente, sino que experimentan como algo propio desde varias perspectivas.

Los niños, adolescentes y jóvenes pasan muchos años entre aulas, y vale la pena una reflexión seria y un esfuerzo bien coordinado para que lo que se les ofrece y lo que buscan llegue a ser interiorizado y apropiado de modo verdaderamente provechoso, a pesar del continuo desgaste de la memoria.

Ese es uno de los grandes retos de la educación de todos los tiempos, también del nuestro: permitir que sea mucho y bueno lo que queda del estudio, ayudar a los que aprenden a alcanzar conocimientos que se conviertan en algo realmente significativo para sus vidas y para las vidas de quienes conviven con ellos.

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