Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

La clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II fue a tambor batiente, no por la prisa sino por los logros obtenidos. Se aprobaron documentos fundamentales sobre la Iglesia y sobre la Liturgia, capaces ellos solos de justificar el Concilio. Los obispos podían regresar a sus diócesis y mostrar los frutos de su arduo trabajo, cosa que no sucedió al finalizar la primera sesión.

Volvieron, eso sí, enriquecidos con la experiencia inédita de un concilio ecuménico, con más de 2,500 Padres conciliares participantes activos con voz y voto en la asamblea. El problema mayor no fue el de conocerse sino el de entenderse, comenzando por el idioma, porque, aunque todos pretendían hablar latín, cada uno lo hacía en su lengua, es decir, con su propio tono y entonación.

La cuestión del uso del latín fue tema debatido desde un principio, tanto así que un señor cardenal pensó en retirarse porque creía en conciencia estar perdiendo el tiempo. Aquí voy a reproducir algunas expresiones dichas con pasión, pero no faltas de humor, recogidas por “Informaciones Católicas Internacionales” (No. 201) sobre este asunto:

Hay que conservar el latín para conservar la unidad. -¡No! El lazo de la unidad es el amor. La lengua latina es muerta, pero la Iglesia es viva. –El latín ya no molesta a nadie. Hoy día todo mundo puede leer la traducción en su misal… -Esto dice. Pero olvidan a los millones de analfabetas que aún hay entre nosotros. Además, a la gente de hoy le gusta más oír y participar que leer cada quien para sí…

Por supuesto, hay otras muchas y más graves razones, pero éstas muestran la libertad de expresión junto con las variadas experiencias que cada obispo traía a cuestas, como por ejemplo: -¿Qué expresa mejor la unidad de la Iglesia, el Padrenuestro rezado por todos en latín, sin o a medio entender, o el rezado, comprendiéndolo, cada uno en su propio idioma? ¿La unidad está en la letra o en el contenido? -Además, si Jesús lo rezó y lo enseñó en arameo, su idioma, ¿qué problema hay en traducirlo en el nuestro? -¿No se reza ya en latín y en griego? ¿Y la inculturación del Evangelio? Y se multiplicaron los argumentos tanto en favor como en contra del uso litúrgico del latín, de los cuales daremos cuenta en otro artículo.

Cito esta experiencia porque ahora, después de todas esas sesudas discusiones conciliares, se llegó a la aprobación de la edición de los libros litúrgicos en los idiomas vernáculos, todos revisados por la autoridad competente; y ahora, el Papa Francisco, nos acaba de enviar un motu proprio esclareciendo el significado del uso permitido del latín en algunos casos especiales, documento que ha suscitado malentendidos de parte de usuarios distraídos. Al motu proprio ha añadido el papa Francisco una larga Carta explicativa (16 de julio, 2021) a los obispos de todo el mundo.

Desde la primera sesión del Concilio -con los problemas iniciales del conocimiento mutuo, configuración de las comisiones, uso del lenguaje y método de participación-, hasta la tercera y cuarta sesiones, es decir, durante todo el tiempo que ocupó el mayor evento de la historia reciente de la Iglesia, la acción del Espíritu Santo se manifestó presente en la libertad de expresión, en el afecto colegial, en la conducción prudente y sabia de los romanos Pontífices san Juan XXIII y san Pablo VI, hechos que permitieron mostrar al mundo la verdad de la Iglesia como “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”. Dios sólo entiende el idioma de la unidad, de la verdad y del amor.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 15 de agosto de 2021 No. 1362