Por Marieli de los Ríos

Conocida por ser la primera y única mujer en escribir una regla de vida para una orden religiosa femenina, Santa Clara representa no sólo un modelo de santidad sino un ejemplo de amistad.

Si un amigo nos inspira y nos hace ser mejores, entonces San Francisco fue el mejor amigo de Santa Clara; famosa es su amistad desde pequeños en el pueblo de Asís. Para algunos, esa amistad olía a enamoramiento pero para quienes entienden que los amigos son el medio por el que Dios se vale para conducirnos a Él, la amistad entre Francisco y Clara sólo puede ser un perfecto camino de santidad animándose el uno al otro.

De origen noble al igual que Francisco, Clara buscaba algo más y su corazón no se conformaban con el destino que su padre había pensado para ella. La “locura” de su amigo era fuente de donde ella sacaba fuerza para rechazar el modelo de vida “dado” y aventurarse en los lindes de la sin razón.

Es así como decide escaparse un día de su casa y de las ataduras que su padre y su tiempo le imponían, y huir de cara a vivir como Francisco: en pobreza, en oración, en alegría y en trabajo que, tiempo después, resultarán las virtudes de la vida franciscana.

Cuentan que su primer milagro se dio precisamente ahí, en ese escape de la casa paterna ya que, de camino a la Porciúncula donde habría de encontrarse con Francisco, fue interceptada por los hombres que había mandado su padre para traerla de regreso y éstos al sujetarla, de tanto que pesaba en ese momento, les resultó imposible asirla y moverla. No era ella la que pesaba seguramente, sino el llamado de Dios que la había elegido y que, al encenderse en los corazones, no deja cabida a reconsideraciones, pues para seguir a Cristo hay que empuñar el arado y no mirar atrás.

Francisco la esperaba, pero fiel a su misión sabía que no podía hacerle cabida a su nueva vida en conjunto con sus primeros hermanos, más reconoce en Clara la misma locura que tiempo atrás lo había cautivado para alejarlo, también, de la casa paterna y colocarse a la entera disposición y bajo la sola protección de otro Padre.

Así, empuñado el arado, la radicalidad del seguimiento de Francisco no admite tampoco los remordimientos ni arrepentimientos y conduce, con el amor de un hermano mayor, a Clara al convento de San Pablo, no sin antes y como símbolo de la renuncia a su vida hasta ese momento vivida y como entrada a su nueva misión al servicio de un Amor más grande, cortar el cabello de Clara que dejará de ser noble para convertirse en la “humilde plantita de San Francisco”, como le gustara llamarse en adelante, en alusión a la influencia que ejerció sobre ella el imán de la espiritualidad desbordante del pobrecillo de Asís.

Su estadía en el convento no estuvo exenta de altibajos, la dura disciplina de la abadesa y la vida austera de las hermanas conventuales también fueron mermando la salud de Clara, pero no su espíritu que resultó inquebrantable aún cuando su padre la seguía yendo a buscar y tratar de regresar a su casa; intentos vanos todos,  y es que un alma enamorada puede más que una terquedad obstinada.

Pero como sucede entre amigos verdaderos, la preocupación por el bienestar y el futuro del otro es una constante que no faltó en San Francisco que procuraba a su “hermana menor” percibiendo lo duro que podía ser para Clara verse alejada y aislada de su amistad y por ello sus visitas, aunque esporádicas, bastaron para darse cuenta de que Dios tenía otro designio para Clara y pronto apresuró gestiones para que ella y sus hermanas Inés y Beatriz, quienes había logrado también escapar de la casa paterna en búsqueda del mismo anhelo que su hermana, pudieran vivir tranquilas y dedicarse a la oración y al trabajo como motivaba el Espíritu.

San Damián, la iglesia que Francisco había restaurado en su primer intento de obedecer la voz de Dios de forma tangible y material, resultó ser el lugar idóneo para que Clara y su hermana se instalaran y comenzaran una obra paralela a lo que San Francisco había empezado con sus hermanos pero con la muy particular visión femenina más fieles al carisma franciscano de abrazar la pobreza como medio para el cumplimiento y vivencia plena de los deseos de Dios.

Su vida intensa de oración la colmó de inmensos dones y también a su hermano, Francisco, quien iba erigiendo, sin darse cuenta aún, una reforma novedosa: una Iglesia pobre para los pobres, tal como ha sido el deseo del Papa Francisco desde el inicio de su Pontificado y que hace pensar que no fue casualidad que haya elegido el nombre de Francisco por sobre el de Jorge Mario Bergoglio.

Unidos en oración, la intimidad se hace más fuerte y la identificación es más plena. En Santa Clara y San Francisco lo fue tanto que, le fue concedido el don de la bilocación y fue trasladada milagrosamente a un Belén de dimensiones humanas a modo de presentación del nacimiento de Jesús, en una gruta de Giotto que había mandado montar San Francisco una Navidad y en la que quedándose en adoración profunda toda la noche, Clara pudo compartir la misa de ese día y hasta recibir la Eucaristía aún sin estar ahí físicamente y antes de ser trasladada de vuelta a su celda.

Otro de los milagros que se le atribuyen y que denotan su fe y devoción verdadera y fiel fue cuando el papa visitó San Damián y pidió a Clara bendecir los panes para comer, algo a lo que ella se opuso de la misma manera que Francisco al ser nombrado superior de sus hermanos, pero, tras resistirse y por su voto de obediencia, aceptó bendecirlos llevando la sorpresa de quedar todos los panes marcados con la señal de la Cruz tras su bendición.

Su perseverancia a pesar de las penurias pero su abandono confiado pronto rindieron frutos y le inspiraron a redactar la primera regla de vida para ella y sus hermanas, misma que aprobó el Papa Inocencio III en 1215 y cuyo eje central fue el “privilegio de la pobreza” en donde rechazan recibir bienes que les pudiesen acomodar pues la pobreza que abrazaron, al igual que Francisco y sus hermanos, los dotaba de la libertad para hermanarse con la Creación y entregarse sin reservas a la voluntad amorosa de Dios hasta el día de su muerte el 11 de agosto de 1253.

Así fue Santa Clara: apasionada, fiel, fervorosa, devota y firme en su camino y Dios quiso a través ella fundar una nueva orden para su servicio. Las clarisas son hoy un ejemplo de amistad y fraternidad, de pobreza y alegría, de oración y de fe. Son, las “plantitas” sembradas por el hermano San Francisco que dan cuenta de un carisma y de una mística que anima el camino del seguimiento y de la fidelidad en el amor de y para el Padre.

Imagen de Mily Berdayes en Cathopic.com