Por P. Fernando Pascual

Entre los textos de los cristianos de los primeros siglos, encontramos un Padre nuestro que incluye comentarios de un autor desconocido.

Este Padre nuestro comentado habría sido escrito en el siglo VII, quizá en la zona de Persia, donde florecían comunidades cristianas, algunas de ellas nestorianas.

Aquí una traducción, desde el italiano, de ese antiguo Padre nuestro:

“Padre nuestro que [estás] en los cielos, santo en su naturaleza, haz dignos a tus adoradores de santificar tu nombre.

Venga tu reino, en misterio, antes de los tiempos, como si ya estuviésemos en su territorio.

Que cumplamos tu voluntad en la tierra, sin temor, [así] como en el cielo no hay [ninguno] que nos dañe.

Danos cada día el pan de nuestra necesidad, porque la naturaleza de los mortales está siempre necesitada.

Desde antes de nuestra constitución Tú conoces nuestra malicia: en tu caridad nos has constituido, en tu misericordia borra nuestras deudas.

Puesto que nos hemos convertido en deudores de tu Esencia y hemos fallado los unos contra los otros, cada uno perdone al otro, y Tú, Señor, a todos.

Que no seamos arrastrados a las tentaciones de los demonios y de las excitaciones, porque ellos son crueles y nosotros débiles.

En tu misericordia, oh Clemente, líbranos del Maligno, porque solo Tú puedes vencer su tiranía”.

El texto termina con una fórmula que nos resulta familiar, porque se asemeja a algunas oraciones que usamos en la Liturgia:

“Tuyo [es] el reino y la potencia y la gloria, concédenos llegar a ser en él herederos del que Tú amas y de ofrecer a tu señorío, junto con tus santos, la gloria que mereces, por los siglos de los siglos. Amén”.

El cristiano que escribió ese comentario tenía una experiencia concreta de la fragilidad humana, al mismo tiempo que invocaba, desde las enseñanzas de Jesús, al Padre de los cielos que busca salvar al hombre.

Dios, en su infinita misericordia, nos ha enseñado cómo rezar con el Padre nuestro. Desde el inicio de la Iglesia, el Padre nuestro ha sido y sigue siendo esa oración íntima y familiar que dirigimos continuamente a quien nos ama y nos ayuda a lo largo de todo el camino de nuestra existencia terrena.

Imagen de Jackson David en Pixabay