Por P. Fernando Pascual

Hay personas, más de las que recordamos, que dejaron una huella en la propia vida, que configuraron modos de pensar, de sentir, de reaccionar.

Si dedicáramos unos momentos para enumerarlas, encontraríamos, con sorpresa, que son tantas, y que influyeron en nosotros de modos a veces muy diferentes.

Desde luego, han dejado una huella enorme nuestros padres, y seguramente otros familiares. Les debemos mucho, no solo cuidados, pues empezamos a vivir gracias a ellos.

Dejaron huella también maestros y educadores en diversos niveles, algunos quizá no recordados pero que nos plasmaron de modos a veces sorprendentes.

Dejan huella, incluso hoy, autores de libros de todo tipo, o directores de cine, o compositores de música, o conferencistas, o “influencers”: ideas y emociones que nos caracterizan tuvieron su origen gracias a ellos.

La lista podría seguir de modo casi indefinido: amigos, conocidos, compañeros de estudios, vecinos, colaboradores en trabajos puntuales o en empleos más estables.

En ocasiones, una marca en nuestras almas fue dejada por quien simplemente se sentó a nuestro lado en un viaje de tren y nos sorprendió con un testimonio sobre otro modo de afrontar el presente.

Lo que esas personas, queriendo o sin querer, hicieron en nuestras vidas puede ser positivo o negativo, estimulante o inhibidor, ejemplar o escandaloso.

La reflexión sobre quiénes dejaron huella en mi vida sería incompleta si no me preguntase: ¿qué tipo de influjo he ejercido yo en otros a lo largo de los años de vida que Dios me ha concedido?

Porque si mucho de lo que soy y lo que hago es posible desde otros, también, en una medida seguramente “pequeña”, pero no por ello menos importante, yo he dejado huella en la existencia de otros.

A quienes me hicieron algún daño, a quienes apagaron ilusiones sanas, a quienes me apartaron de personas buenas, puedo perdonarles, al mismo tiempo que busco curar las heridas que tal vez siguen todavía abiertas.

A quienes, y son muchos, me hicieron el bien, me animaron ante un fracaso, me sugirieron un plan maravilloso para la propia vida, les doy las gracias de corazón.

Espero que algún día podamos reunirnos todos, con la alegría del perdón que Dios ofrece sin medida, y con la gratitud que surge al descubrir tantas huellas fecundas que corazones buenos y generosos han sembrado en nuestras almas.

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