Por P. Fernando Pascual

A lo largo de las discusiones sobre la justicia que Platón ofrece en su “República”, aparece varias veces el tema de la necesidad de promover la armonía social.

De modo especial, en el libro I de esa obra, frente a quienes piensan que la justicia consista en hacer el bien a los amigos y el mal a los enemigos, y frente a los que defienden que la justicia coincide con la imposición de los más fuertes sobre los débiles, Sócrates presenta la justicia como camino para unir a los hombres entre sí.

En concreto, Sócrates hace notar que, sin armonía, sin un mínimo de respeto mutuo, ninguna familia, ciudad, Estado, ni siquiera un grupo de delincuentes, puede emprender proyectos comunes ni alcanzar metas deseadas.

Desde luego, no basta que las personas estén unidas y armonizadas entre sí para que luego lo que emprendan sea correcto: un grupo de piratas puede tener una fuerte unidad interna, y luego cometer graves injusticias hacia otros.

Pero la observación de Platón sigue siendo válida en lo que respecta a la necesidad de estar unidos para lograr cualquier proyecto. Incluso se aplica esto a uno mismo: quien no ha armonizado su alma (hoy diríamos, sus dimensiones psíquicas) no es capaz de lograr nada bueno en la vida.

Por eso es tan importante promover la concordia en las sociedades a todos los niveles: desde el familiar hasta el internacional. Solo en esa concordia, en esa armonía entre individuos y entre pueblos, será posible emprender tareas buenas que lleguen a buen puerto.

En ese sentido, trabajar por la justicia significa proponer una auténtica armonía social, que se basa en reconocer que todos somos hermanos (como ha recordado el Papa Francisco en su encíclica “Fratelli tutti”), y en fomentar un verdadero cariño entre todos.

Solo entonces lo que hagamos, en familia, en el barrio, en la ciudad, en la región, en el Estado, arrancará de esa unidad auténtica. Al mismo tiempo, será posible avanzar unidos hacia objetivos para el bien de todos y cada uno de los que compartimos una misma naturaleza humana, mientras caminamos juntos hacia el encuentro definitivo con Dios, nuestro Padre de los cielos.

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