Por Arturo Zárate Ruiz

Rara la persona que no ama su libertad, pero aún más rara la que sabe bien qué es.

Muchos la confunden con la “libertad” física, la del perro desatado tras la perra, o inclusive la de la caída de las piedras. Si a éstas no las detenemos con la mano, afirmamos, “son libres”. Pero, viéndolo bien, no lo son: no pueden escoger sino sólo obrar según sus determinaciones. Un león no puede sino cazar si tiene hambre. De hecho, ni razona ni es libre en el sentido humano de la palabra. Sigue ineludiblemente sus impulsos como un cometa sigue su ruta alrededor del Sol.

La libertad, para el hombre, es pues otra cosa. Aunque muchas veces, como el león, responda a sus impulsos sin pensarlo, suele más bien obrar a sabiendas y escogiendo. Si le da la gana puede, frente a su “presa”, preferir no hacer nada, o el agarrarla y darle de besos a punto de convertirla en mascota. Así, el hombre es libre no simplemente porque ande suelto. Lo es porque controla sus impulsos y escoge.

Es más, lo hace no sólo conscientemente, también con ingenio: puede detenerse, inventar una pistola, y darle de balazos a su blanco. A esto se le llama libre arbitrio, una facultad exclusiva del ser humano entre todas las criaturas del mundo material.

Esta libertad la niegan el materialista de cuño y el fundamentalista religioso. Contradice, para aquél, las leyes “ineludibles” de la materia. No somos, afirma, más que el resultado de posiciones accidentales de átomos. Por ateo, no defiende más que la libertad física, la del burro sin mecate. Algunos protestantes, como Lutero y Calvino, también negaron el libre arbitrio porque, decían, no hay manera de escoger si Dios lo tiene ya todo preestablecido desde la eternidad. Por ello sólo defienden el “libre examen”, es decir, el “libre-pensar” (sea verdad o no) sobre lo que Dios previó desde siempre para nosotros, pero no el escoger y diseñar nuestro camino al Cielo o, incluso, al Infierno con conocimiento cierto y voluntad libre de lo que hacemos.

Un hombre sensato, por supuesto, considera un sinsentido el mérito o el castigo si no se puede escoger, a sabiendas, el bien o el mal. Y entiende que su libertad la pierde cuando escoge el mal, es decir, no el bien que le dictó su razón y pudo conseguir su voluntad.

Porque si no puede obrar según estas facultades, lo más probable es que sea esclavo de sus impulsos y los vicios. Sus facultades están entonces dañadas y, sin poder escoger bien, pierde la libertad moral. Así les ocurre, por ejemplo, a los borrachos, a los iracundos, a los tontos y, en general, a los que no han formado adecuadamente su razón y voluntad. Todavía hoy en muchos países se priva a los menores de edad, a los vagos, a los borrachos consuetudinarios, a los prófugos de la justicia y a los presos de sus derechos civiles; a los primeros, por no gozar aún de la capacidad plena de pensar y obrar razonablemente; al resto, por haber perdido dicha capacidad.

La libertad política se funda, por tanto, en la libertad moral, a tal punto que algunos cargos públicos, por ejemplo, magistrado de la corte de justicia, se reservan a personas cuya formación les permita cumplir con las responsabilidades especiales del puesto.

Para fortalecer la libertad política, un Estado debe promover las virtudes que permiten la libertad moral que hace posible aquélla. Y debe respetar la libertad religiosa. Con ella se levantan las barreras para que Dios nos conceda la libertad más radical: el vernos libres de la esclavitud del pecado, y así el santificarnos con su gracia.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 12 de septiembre de 2021 No. 1366