La primera comunidad de vida, de educación y de perfeccionamiento humano

Por Raúl Espinoza Aguilera

En este año dedicado a la familia, he recordado que el célebre escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) promovió mucho a la familia humana y a sus valores.

Escribió: “El lugar donde nacen los niños y mueren las personas, donde el amor y la libertad florecen, no es ni en una oficina, ni en un comercio, ni en una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia”.

Sostenía que cuando los cónyuges contraen matrimonio se pertenecen el uno al otro. Y que esta unión funciona para siempre, con la idea básica de la permanencia.

El poder estatal -también afirmaba- crece de día en día, pero son las tradiciones multiseculares las que sostienen a la humanidad. Y la tradición del matrimonio resulta clave.

Familia: sociedad estable

La familia es una sociedad estable, cuyo objetivo fundamental es la propagación de la especie humana y, en la que sus miembros, por medio de la unión de vida y de amor, hacen frente a las necesidades materiales y morales de la vida cotidiana.

Fundada sobre el matrimonio contraído libremente -uno e indisoluble- la familia es y ha de ser considerada como el núcleo primario y natural de la sociedad.

El hogar es el lugar por excelencia donde los hijos aprenden todos valores, donde forjan su carácter y crecen en solidaridad y cariño mutuo para enriquecer el desarrollo y bienestar de sus propios miembros y de la sociedad.

El hecho de engendrar hijos reviste de una especial dignidad porque es continuar la obra del Creador.

Y es que las personas no nacen con la capacidad de valerse por sí mismas para obtener el fin de sus vidas, sino que necesitan del continuo cuidado y protección de sus padres.

El papel insustituible que la sociedad familiar desempeña en la formación del ser humano es lo que constituye -en última instancia- el marco imprescindible de la procreación.

La familia, en definitiva, es por naturaleza la primera comunidad de vida, de educación y de perfeccionamiento humano.

Chesterton vs las corrientes

A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, Gilbert K. Chesterton enfrentó algunas corrientes ideológicas muy acentuadas que desorientaban a la opinión pública, como: el ateísmo y el agnosticismo que niegan la existencia de Dios o piensan que Él no interviene para nada en la vida de los hombres; el Positivismo, su fundador, el filósofo francés Augusto Comte, consideraba que la única verdad válida era la que se podría demostrar en un laboratorio; el Evolucionismo radical de Charles Darwin afirmaba que el hombre era un descendiente directo del mono; la sexualidad, desde la perspectiva del psiquiatra vienés Sigmund Freud, sostenía que las personas sólo se movían por impulsos sexuales, negando la libertad humana; el Amoralismo, corriente que considera que no existe la religión, ni Dios ni la moral.

Chesterton aportó valiosos argumentos para contrarrestar estas influencias nocivas tanto con sus escritos como en nutridos auditorios en los que solía discutir con destacados literatos como Bernard Shaw o H. G. Wells.

Sus acertados conceptos, dentro de otros muchos aspectos, fueron la base para preservar a la familia y la educación de los hijos, así como para brindar criterios claros a la sociedad de su tiempo.

Un compromiso para toda la vida

Este escritor inglés también sostenía que el matrimonio es un compromiso para toda la vida. Se trata de un pacto de amor. La expresión “amor libre” entraña una contradicción en sí misma ya que esa unión no es un verdadero amor, sino que se convierte en un pasajero placer egoísta.

El matrimonio no se puede sostener con sentimentalismos o enamoramientos efímeros, sino que se debe de guiar por la razón para que permanezca.

Cuando un hombre y una mujer se casan lo hacen para siempre y libremente. La unión matrimonial es estupenda y sagrada y cada día debe renacer ese amor entre los esposos.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de septiembre de 2021 No. 1368