Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

¿Por qué buscan la muerte? es la pregunta angustiosa que el profeta Ezequiel hacía al pueblo de Israel en el destierro. Él bien sabía que Dios no quiere la muerte, sino que ama la vida.

Este clamor resuena unánime en boca de todos los profetas de Israel y llega hasta el cielo por el grito de Jesús al morir en la cruz: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Cuando el Padre le tiende la mano y descansa en ella su espíritu, puede también decirnos a nosotros: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Jesús, muriendo en la cruz por nuestros pecados, nos abrió el camino de retorno al paraíso.

La súplica del ladrón arrepentido implica un cambio radical en la verdad del ser humano, en su corazón. El reconocerse pecador es aceptar la propia responsabilidad y no esconderse como Adán. Porque el hombre quedó dañado en su interior a tal grado que la bestia reconoce al que le da de comer, respeta el orden natural; el hombre no, ni siquiera el sabio y entendido. El ser humano, desgajado del árbol de la vida, pretendiendo gozar sus frutos, llama a la muerte. Con razón oraba el salmista: Enséñame, Señor, el camino de la vida, pues quien se aleja de ti, se pierde.

Desde Caín, el ser humano comenzó su andar errabundo e Israel sufrió, en diversas etapas de su historia, el vagabundeo por el desierto. Cuando creyó encontrar el reposo se descubrió esclavo del faraón, y después fue condenado al exterminio en el destierro babilónico. En ambas experiencias Dios bajó y estuvo a su lado; lo alzó en brazos, le dio de comer y le dijo: “¡Vive!”. El profeta Oseas oyó la motivación divina: Porque yo soy Dios, y no un hombre. Dios perdona porque es Dios: Su amor no tiene fin. Palabras incomprensibles y consoladoras a la vez.

Aunque la historia humana es una inmensa carnicería, la milicia fue considerada un honor y las armas motivo de vanagloria. En cambio, para un cristiano -Don Quijote-, merecieron severa y atendible condena: “Aquellos endemoniados instrumentos de artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le estará dando el premio de su diabólica invención” (Q. 1ª, xxxviii). Dios, sin embargo, no sólo pasa, sino que con audacia inaudita, pone su morada entre nosotros. Viniendo a visitar su viña y a recoger sus frutos, matamos al heredero. Y aquí estamos, buscando apoderarnos de la viña completa y sembrando muerte. La pandemia, con voz profética, nos vino a descubrir las veredas torcidas que nos conducen a la muerte: Asesinatos, injusticias, engaños, menosprecio de Dios y del hermano, abuso de la creación. Los varios listados de la biblia pueden completar la enumeración. Ni siquiera la lección del crucificado nos abre el corazón para prestar oído a sus últimas palabras: Perdónalos, porque no saben lo que hacen. El reconocimiento de la propia ignorancia es el inicio del camino a la verdadera Sabiduría. Y ésta es la que cuelga de la cruz: El mensaje de la cruz es locura para los que se pierden; pero, para los que nos salvaremos es fuerza de Dios. Como el mundo con su sabiduría no reconoció a Dios…, Dios dispuso salvar a los creyentes por la locura de la cruz… Sin embargo, para los que Dios ha llamado a la salvación, un Mesías crucificado es fuerza y Sabiduría de Dios.

Nota. Así habla san Pablo a los corintios (1 Cor, 1-3). Merece lectura completa. La comunidad católica debe saber que, aunque acosada por los medios de comunicación y los poderes legales, políticos y económicos, ninguno de esos vale lo que un ser humano, hijo-a de Dios. La Iglesia católica, con su enseñanza divina, sale fiadora de su fe. No hay nada que temer, aunque no poco que padecer.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de septiembre de 2021 No. 1368