La riqueza espiritual se encuentra precisamente ahí: en la capacidad de servicio

Por Raúl Espinoza Aguilera

Un hermano mío, Arturo, es médico traumatólogo. Cuando se inició en esa especialidad, siendo todavía muy joven, acostumbraba a subirse a la camioneta de la Cruz Roja para recoger accidentados y, desde el momento en que los levantaban, los colocaban en la camilla y comenzaba a atenderlos.

Me describió que las personas heridas que recogían habitualmente llevaban el rostro desfigurado, lleno de sangre, huesos rotos y otras muchas lesiones.

Le pregunté con franqueza:

¿Cómo te puede gustar esa labor tan dura?

Y me respondió:

Para mí, es un gozo el ayudar a los heridos porque ya desde el vehículo en que se trasladan, les comienzo a arreglar la cara, les coso las heridas, se las lavo, sujeto bien con una férula las fracturas y muchas otras cosas más. Ya en el hospital, les tomo radiografías para observar exactamente la ubicación de las fracturas y les pongo férulas y atiendo todas las demás lesiones. Luego quedan internados hasta que se van recuperando. Y continuó:

Un par de meses después, el que estaba accidentado y su mamá se presentan en mi consultorio para relatarme cómo sigue ese joven. Normalmente ya se encuentra bien de salud y se ha reincorporado a sus estudios (o a su trabajo). Ambos me lo agradecen efusivamente. Esos semblantes de alegría y gratitud tanto de él y como de su mamá son mi mejor regalo y me entusiasma mucho poder continuar ayudando a las personas en esas condiciones, normalmente con pocos recursos económicos.

También conocí a Karla, una joven enfermera que trabaja en un hospital para niños con cáncer. Ahí ella les brinda todo tipo de cuidados paliativos, los anima a tomar sus medicinas y alimentarse bien. En ocasiones, los chiquillos sufren de estados depresivos o de un intenso cansancio debido a sus mismos tratamientos. Ella les canta, les lee cuentos, les organiza juegos, les hace bromas para alegrarles la vida. Me añade:

Los quiero mucho, como si fueran mis propios hijos. Les ayudo a soportar los períodos críticos de su enfermedad; les acompaño, doy consuelo tanto al niño como a sus familiares hasta el momento en que fallecen. Aunque es un duro trance, procuro alegrarles hasta el último instante de su existencia. Me han ofrecido otros trabajos y mucho mejor remunerados, pero esta labor de acompañamiento a los pequeños no la cambio por nada. Soy inmensamente feliz al ver esos rostros de los chiquillos sonreír en medio de sus malestares. Sin duda, esta vocación de servicio la tengo desde que era niña y puedo asegurar que he aprendido mucho más de esas criaturas con sus ejemplares actitudes y su gran fortaleza, que lo que yo les he podido infundir.

Otra joven, Olga, me comentó que está bastante ilusionada porque ya casi termina sus estudios de enfermería, especializada en la atención de los ancianos. Me decía:

Me he fijado que muchas veces ellos están bastante solos y me dan ternura; observo que necesitan más atenciones y cuidados, sobre todo, mucho cariño. Me siento llamada a servirles porque es un trabajo que me encanta. Y así me gustaría trabajar con ellos toda mi vida. Son personas maravillosas y cuando conversas con ellas se establecen lazos de amistad y te das cuenta de que tienen nobles sentimientos y son encantadoras.

Y es que el servicio a los demás contiene una serie de importantes virtudes, como: generosidad, entrega, abnegación, olvido de sí mismo; considerar la trascendencia de su trabajo; derrochar amor y cariño; mirar siempre a esas personas como necesitadas de atención y afecto.

Por asociación de ideas, me vino a la memoria que en la república mexicana existen alrededor de 40,000 labores sociales y asistenciales. Se sostienen fundamentalmente a base de donativos de muchas otras personas.

He conocido a bastantes de ellas y me sorprende la generosidad de miles de ciudadanos mexicanos que desinteresadamente se ocupan de esas labores altruistas en todos los estados del país.

Pienso que la riqueza espiritual de nuestros ciudadanos se encuentra precisamente ahí: en su capacidad de servicio; de unirse para ayudar a los más necesitados; de tener sensibilidad para detectar dónde hace falta formar una organización ante necesidades concretas. Es admirable su perseverancia por trabajar sin cansancio por causas nobles sin recibir nada a cambio. Desde el punto de vista de una fría lógica, todo esto no tiene explicación, pero el trasfondo es la capacidad inconmensurable de tener misericordia y comprensión ante las necesidades de los demás.

Como escribía la Madre Teresa de Calcuta: “El amor no puede permanecer en sí mismo. No tiene sentido. El amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio”.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 10 de octubre de 2021 No. 1370