Ofrecer a las mujeres alternativas no violentas para solucionar los problemas evitaría no ponerle precio a la vida

Por Mónica Muñoz

Es fascinante la capacidad que tienen los niños para asombrarse ante las cosas simples de la vida, para ellos todo es nuevo y les llena de alegría descubrir cada situación, eso que a nosotros ya no nos causa extrañeza, es todo un acontecimiento para los pequeños.

Y lo más bonito, es que nos hacen gozar con su felicidad, porque sus manifestaciones de sorpresa incluyen gritos y risas. No sé a ustedes, pero a mí me llena de vida observar a mi sobrina de un año nueve meses, cuando se encuentra frente a una flor distinta a las que conoce, o cuando descubre que puede hacer algo que no había conseguido anteriormente, su carita se ilumina con una gran sonrisa, que, generalmente va acompañada de un agudo grito de emoción.

Y no deja de enternecerme la fotografía que le tomó su mamá cuando vio por primera vez el mar, desde el cuarto del hotel estuvo pegada al ventanal, embelesada ante el espectáculo de la inmensidad del océano que se desplegaba ante su mirada.

Por eso, no sé por qué razón hemos perdido ese encanto, ¿será que caemos en la indiferencia ante la repetición de eventos cotidianos? Más aún, ¿por qué despreciamos la magnitud del acto de engendrar y dar vida, como si se tratase de un hecho sin importancia? Lo comento porque hace unos días, los legisladores debatían la despenalización del aborto a nivel nacional, ley que desprotege a todos los no nacidos, quienes, siendo seres indefensos, no tienen a nadie que los defienda en el momento del atroz acto de matarlo en el vientre de su madre.

Y más me llena de asombro porque estamos en un momento de la historia en la que nuestras nuevas generaciones prefieren defender la vida de un animal que la de un ser humano, como si la otra fuera más importante que la de la persona. En otras ocasiones he planteado mi postura respecto al maltrato animal, y afirmo que toda creatura tiene que ser protegida y de ningún modo debe sufrir ni ser víctima de la crueldad, sin embargo, el ser humano es infinitamente más importante que cualquier otro ser vivo porque fue hecho a imagen y semejanza de Dios, además, ese humano tiene capacidad de razonar y decidir, lo que le confiere derechos y obligaciones, por lo tanto, debe cuidar de todos los seres indefensos, comenzando con los de su propia especie.

Tal parece que es este un debate sin fin, sin embargo, debe privar el sentido común y llevarnos a comprender que la ciencia ha avanzado tanto que es una necedad negar que lo engendrado por una mujer sea algo distinto a una persona, aunque esta sea microscópica en sus primeros días, porque, no obstante, su tamaño, ya es su hijo o hija, a pesar de negarlo.

¿Qué es lo que ocurre?, por supuesto, la mujer, que es la primera que recibe el impacto de la noticia, se da cuenta de manera inmediata que su vida cambiará radicalmente, de repente se ha convertido en adulta y entiende que se enfrentará a una responsabilidad que no esperaba, además, sabe que no tendrá la misma libertad y deberá modificar sus hábitos, gustos y costumbres, porque el niño que nacerá requerirá de muchos cuidados y atenciones que implican gastos, tiempo y esfuerzo. Entiendo perfectamente la enorme sorpresa y confusión que ella debe sentir. Y todo se complica cuando, al comunicar la buena nueva al hombre que ha participado en el acto de generar vida, este siente la misma avalancha de emociones y sentimientos encontrados que la mujer, y solamente atina a decir que “ese no es su problema”. Entiendo, por supuesto, la decepción y la angustia de la pobre mujer que se ve sola con la grave responsabilidad, por eso también puedo entender que pase por su cabeza el deseo de abortar. Sin embargo, nada de eso es una buena excusa para condenar a muerte al niño o niña que no pidió venir al mundo, y que es completamente inocente de las malas decisiones tomadas por sus padres.

Definitivamente es necesario que tanto el Estado como los particulares ofrezcan a las mujeres otra alternativa, en repetidas ocasiones se ha hablado, por ejemplo, de facilitar los trámites para la adopción, lo que ayudaría mucho a las madres a ver la vida con más esperanza, pensando en que pudieron evitar la muerte del niño o niña y ellas encontraron la solución a su problema. Además, se debería pensar en ayudarlas durante el embarazo y a la hora del parto, y si deciden quedarse con su bebé, apoyarlas con trabajo y guardería para los pequeños.

Hay formas no violentas de solucionar los problemas, entendamos que la vida humana no tiene precio y que, si se acaba con alguna, nada ni nadie podrá sustituirla. Trabajemos para que nuestro país respete toda la vida, especialmente la humana, porque recordemos que, de ella y de todos nuestros actos, tendremos que dar cuentas a Dios.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 10 de octubre de 2021 No. 1370