Por Ma. Elizabeth de los Ríos Uriarte

Problemas que aquejan a nuestro país desde antaño como la corrupción, la inseguridad, la pobreza y la violencia tienen, todos ellos, algo en común: desarticulación del pilar fundamental de la vida humana que es la ética.

Más allá de ser una asignatura obligatoria en la educación media superior y como una de “relleno” en la educación universitaria, la ética permea todas las esferas de nuestras vidas, desde las acciones más trascendentales hasta las menos y lo hace porque, de una u otra manera, todos deseamos el bien y eso nos pone, automáticamente, en la dirección de la ética.

La ética, según Aristóteles, es la búsqueda de la felicidad y esta es, a su vez, la puesta en práctica de las virtudes y estas se adquieren mediante hábito operativos buenos, esto significa que en la medida en que hagamos acciones buenas, estas devendrán en virtudes que nos acercarán más a nuestra felicidad. Así, ser ético es ser feliz y ser feliz es ser ético.

Ahora bien, resulta que en el mundo en que vimos se premia al que hace todo mal y se desmerita al que se esfuerza en hacer las cosas bien y esto desmotiva la puesta en práctica de esas virtudes que nos acercarían más al ideal de lo humano, por ello no hay que voltear afuera y esperar el aplauso o el reconocimiento. No saldremos en el periódico por haber actuado bien y éticamente, es más, puede que hasta pongamos nuestro trabajo o nuestro puesto en peligro porque actuar éticamente implica ser honestos y defender lo que es verdadero aun cuando lo más fácil sería aceptar el soborno, buscar el camino más fácil y la vía más corta.

Por esto, la ética es y debe ser algo, esencialmente, personal. No la encontramos y menos aún la practicamos porque está plasmada en un código de ética y aunque, de hecho, los hay, la ética no se reduce a estos y por ende, no por cumplirlos somos éticos. La ética va más allá, se coloca en el plano de lo universal y de lo atemporal lo que no la hace depender de los usos y costumbres locales y menos aún de las pérdidas de contenidos culturales de generación en generación.

Lo que es ético para uno es ético para todos y no pasa de moda ni cambia o se acomoda según lo que se piense en ese momento. Tampoco admite excluyentes ni pretextos. Todos estamos obligados a actuar éticamente, pero esta obligación no es de carácter externo sino interno, de tal manera que, si bien nadie nos reconocerá que actuamos bien, tampoco y en muchos casos, nadie nos impondrá una sanción si no lo hacemos.

Entonces, ¿por qué actuar éticamente? Por una razón muy poderosa: porque si lo hacemos seremos más humanos y estaremos más cerca de alcanzar el ideal de la felicidad y si no lo hacemos nos sentiremos disminuidos en nuestra persona y arrastraremos el remordimiento y el arrepentimiento por doquier.

La felicidad que se alcanza con la puesta en práctica de la ética no es momentánea ni esta fundamentada en la idea de placer o de bienestar, esta es una falsa concepción de la felicidad. Los bienes materiales no dan satisfacciones momentáneas y placeres pasajeros, pero no satisfacción de plenitud humana, por eso esta felicidad es un proyecto a largo plazo que obedece a un sentido de vida que reclama plenitud.

Así, la corrupción que brinda soluciones rápidas a problemas de fondo no alcanza a brindar este tipo de felicidad, más aún, atrapa a sus víctimas en una eterna insatisfacción que sólo se palia con más y más actos de corrupción. La violencia que mata, roba o secuestra ve en el asalto y el secuestro un bien momentáneo y pasajero pues el dinero obtenido no dura para siempre y provoca tal insatisfacción que pronto se necesitará otro acto violento para volver a adquirir el bien pasajero.

La adquisición de riquezas desmedidas y de acumulación de bienes que dejan a otros en la total desprotección y provocan altísimos índices de pobreza en el mundo, no llega a las profundidades de la persona más bien adorna sus superficialidades, pero o rebota y resuena en su sentido de vida.

Podemos ir por la vida buscando bienes y hartándonos de ellos, pero al final, sólo lograremos incrementar el vacío que nos llevó a buscarlos. Lo que en el fondo buscamos todos es algo que nos llene y nos de una vida plena y eso sólo se logra con actos éticos. Por ello, desarticular le ética de la vida pública o privada constituye el inicio de una desgracia de la vida como proyecto.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 10 de octubre de 2021 No. 1370