El ayuntamiento de Salamanca reconoce el arte de Xavier Carbonell, un entusiasta lleno de esperanza, que considera que Cuba se transforma con síntomas muy dolorosos, pero inequívocos. Además, es presidente de SIGNIS, gastrónomo y un gran aficionado a los habanos.

Por Jaime Septién

Xavier: ¿un escritor católico o un católico que resultó ser escritor?

▶ Creo que más bien lo segundo. Un escritor católico —Thomas Merton es un ejemplo ideal— es alguien que pone su inteligencia y su escritura en función de la espiritualidad, de la exploración verbal de su fe.

Yo soy más bien un escritor que tiene un fundamento católico, y ese fundamento alimenta mi cultura y mi escritura (por supuesto, también mi vida).

Un escritor de cultura católica tiene a su disposición una visión del mundo, una tradición, un precedente literario y espiritual sin límites —de los profetas a los evangelios, de ellos a los Padres de la Iglesia a las catedrales, de Santa Teresa y el barroco a Ratzinger y Merton—; todo ello está en la raíz de lo que soy como creyente y como intelectual.

El fin del juego —por su trama— recuerda a muchos que la imaginación en Cuba es como un arma contra la escasez, la dureza de la ideología y el sufrimiento, como los juegos de Cabrera Infante. ¿Hay algo de eso en tu novela?

▶ Cabrera Infante tiene una buena frase, quizás un poco amarga, que se refiere a una mujer pero que es imposible no aplicarla a la isla:

«Es mejor, mucho mejor ver a Cuba que oírla y es mejor porque quien la ve la ama, pero quien la oye y la escucha y la conoce ya no puede amarla, nunca».

A Cuba se la conoce por grados, por niveles, y quien no sobrepasa el aspecto visual o turístico difícilmente podrá entender lo compleja que ha sido la vida aquí desde siempre.

Hay mucho dolor y mucha pérdida. Y el cubano piensa mucho. No es que tenga vocación filosófica, pero piensa, calibra lo que fue y lo que pudo ser.

Nuestra formación híbrida, deficiente, mezcla de marxismo y sabiduría callejera, de religión subterránea y escepticismo, siempre está en movimiento.

Eso hace de Cuba un crisol, una cosa que hierve en el Caribe. En medio de todo eso, nos queda la imaginación y los juegos de palabras, el chiste, el humor ante la desgracia.

Yo a todo eso añado mi analgésico particular: los habanos, que también alumbran en la noche, y la escritura.

A propósito, ¿qué futuro le ves a la novela en América Latina?

▶ Los autores del boom crearon a su alrededor un mito de solidez, de terminación. Después de ellos hay una especie de angustia.

Para escribir hay que leer, y el español es una fiesta mayor de la cultura. No hay lengua a la que se le haya llamado con tantos adjetivos, a la que se le impute tanta grandeza o villanía, que cuente con tantas voces fuertes y afirmativas en una orilla y otra. Un idioma en perpetua exploración, inagotable.

Cómo vamos a escribir cansados con una lengua tan maravillosa como el español.

El problema es más bien de perspectiva. Nuestras universidades son aún deficientes en el ejercicio crítico.

Sin embargo, a pesar de la soledad, escribimos. Y con mucho orgullo por Cervantes, Borges, Carpentier, Lezama, el boom y todos los clanes posteriores, a ver si nos llega esa segunda oportunidad sobre la tierra que nos prometió García Márquez.

En El libro de mis muertos hay algo de lo que Carpentier hizo con un relato que era un «viaje a la semilla». ¿Cuba debe hacer ese viaje atrás, a los tiempos donde ser cubano era símbolo de una identidad mestiza, caribeña, con una pizca de salsa y de danzón…?*

▶ El cubano siempre ha padecido cierto vértigo con respecto al pasado. Suponemos que estábamos mejor con los soviéticos, con los americanos, con los españoles…

Pero en Cuba todo está cambiando, con mucha resistencia no solo por parte del gobierno, lo cual es natural, sino también de la gente, sobre todo de la gente vieja.

Hay pánico a la vida diferente: a pesar de las carencias, de la frustración, de la falta de oportunidades, hay personas que no saben qué hacer si se cambia el panorama de la costumbre.

Y Cuba se transforma, con síntomas muy dolorosos —exilio, hambre, apagones, vejez— pero inequívocos: hay que buscar un modo de recobrar nuestra esencia y nuestra alegría. Que Cuba deje de sobrevivir y comience a vivir, a alcanzar su futuro.

¿Ves signos de una primavera del catolicismo en Cuba?

▶ Yo creo que sí y en dos sentidos: por una parte, hay sacerdotes y religiosas cuyo papel profético en estos tiempos ha sido medular.

Por otro lado, en toda tensión, en todo movimiento hacia el progreso y el futuro hay laicos católicos, nuestros mejores jóvenes, artistas, intelectuales, personas muy comprometidas con la cultura y con el amor por Cuba.

Ahí entra también SIGNIS, organización de comunicadores laicos que me ha tocado presidir en estos últimos meses.

La misión comunicativa de SIGNIS, su vocación por estar donde nadie está, por renovarse continuamente, nos ayuda a discernir nuestro papel en el contexto cubano de hoy.

En los jóvenes creyentes —no solo católicos— hay una pureza de espíritu que han aprendido de nuestros mártires, de aquellos que dieron todo por la nación, pero también un sacrificio y una devoción que, ante la fatiga patriotera de nuestras escuelas, aprendimos en la Iglesia.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 24 de octubre de 2021 No. 1372