Por P. Fernando Pascual

Un empleado recibe la tarea de supervisar la calidad de unas medicinas. Siente el peso de esa responsabilidad. Equivocarse puede significar graves peligros para algunos enfermos.

Una persona asume el cuidado del abuelo o de la abuela. Pasan los días y hay que tomar decisiones difíciles, en las que está en juego la salud y el bienestar de quien sufre por el peso de los años.

No resulta fácil asumir ciertas responsabilidades, en el trabajo o en la misma vida familiar. Incluso uno preferiría escabullirse, dejar que otros tomen decisiones de mayor importancia.

Pero alguno tiene que asumir el peso de ciertos asuntos y tomar a decisiones que implican una mayor responsabilidad, sobre todo respecto de la vida de los cercanos o los lejanos.

Podrá pedir consejo a otros, podrá buscar en Internet ideas y experiencias del pasado, podrá detenerse en la oración para buscar la luz de Dios.

Al final, llegará el momento de decidir. Luego, a las pocas horas, o después de varios días, se verán las consecuencias.

Algunas serán buenas, y eso produce un gran alivio en el alma. Otras serán problemáticas, incluso dañinas, y ello provoca cierto dolor, porque la decisión estuvo en nuestras manos.

No podemos controlarlo todo, ni llegaremos nunca a una visión completa de lo que está en juego en cada decisión.

Lo que sí podremos hacer siempre es tomarnos el tiempo necesario para pensar bien las cosas y para buscar en cada asunto lo que sea mejor para todos.

Luego, tras asumir serenamente una responsabilidad difícil, habrá que confiar en Dios, que dirige la historia humana, y que bendice todo lo que hagamos por amor a Él y por amor a los demás.

Incluso tras un error, o una consecuencia imprevista y que consideramos negativa, buscaremos aliviar los daños provocados en la medida de lo posible.

Sobre todo, confiaremos en que también Dios sabe sacar de los males algún bien que ahora no entendemos pero que comprenderemos mejor al cruzar la frontera que nos lleva a lo eterno…

Imagen de Darko Stojanovic en Pixabay