Por Fernando Pascual

Si la pandemia de Covid-19 ha generado un sinfín de daños en casi toda la humanidad y ha destruido “seguridades” que han demostrado ser muy poco seguras, también ha destacado la importancia de la virtud de la auténtica esperanza cristiana.

Porque no es verdadera esperanza la que se basa en nuestras fuerzas, en nuestros bienes, en nuestros almacenes, en nuestra salud, en nuestro dinero, en nuestros servicios públicos.

La verdadera esperanza inicia, según explicaba G.K. Chesterton, cuando no hay motivos para esperar… “La esperanza significa esperar cuando la situación resulta desesperada, pues si no, no es virtud ni es nada” (G.K. Chesterton, Herejes, capítulo XII).

En la obra que acabamos de citar, Chesterton añadía: “La esperanza es el poder de permanecer alegres en circunstancias que sabemos desesperadas. Es cierto que existe un estado de esperanza que pertenece a las brillantes perspectivas del mañana, pero esa no es la virtud de la esperanza. La virtud de la esperanza existe solo tras un terremoto, durante un eclipse”.

Sí: la esperanza empieza cuando ya no tenemos agarraderas, cuando los motivos humanos de nuestras seguridades se desvanecen, cuando una epidemia, un accidente, o la pésima gestión de algunos gobernantes, nos privan de bienes fundamentales.

Sobre todo, vale en este tiempo que ha mostrado lo fútil y lo inestable que es todo lo humano, también aquello que parecía estar garantizado por los admirables progresos de la ciencia y la medicina, que han mostrado ser insuficientes.

En la encíclica Spe salvi, el Papa Benedicto XVI exponía elementos fundamentales de la esperanza cristiana, que valen para cualquier situación humana y, de modo especialmente intenso, para la época que estamos viviendo tras la explosión de la pandemia.

“La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, solo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo, hasta el total cumplimiento (cf. Jn 13,1; 19,30)” (Spe salvi, n. 27, cf. n. 31).

Por eso, a pesar de todos los fracasos y las frustraciones que hemos experimentado (y que experimentamos todavía) por causa de la pandemia, y de tantos otros males que caracterizan nuestro tiempo, tenemos la certeza de que Dios no nos ha abandonado y que nos acompaña en la barca zarandeada por las olas de la tempestad.

Recordamos con viveza las palabras de oración del Papa Francisco el 27 de marzo de 2020, en una Plaza de San Pedro vacía y bañada por la lluvia, cuando apenas estábamos en los primeros momentos de esta terrible tragedia:

“El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor.

En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.

El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza” (Papa Francisco, Atrio de la Basílica de San Pedro, 27 de marzo de 2020).

Imagen de Wilson Tamayo en Cathopic