Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

La santa Iglesia nos enseña a orar por los difuntos de muchas maneras, aunque siempre como manifestación de nuestra fe: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”.

Esta oración en una prolongación de la oración de Cristo que pidió al Padre que “lo glorificara con su misma gloria”; que “ponía su espíritu en sus manos” paternales y que escuchó la súplica del ladrón que le pedía “estar con él en su Reino”, en el paraíso. Los católicos oramos por nuestros muertos como Cristo oró en su muerte y nos enseñó a orar por nuestros difuntos.

Los primeros cristianos recogieron estas enseñanzas y comenzaron a orar por sus difuntos. Aunque los tiempos eran adversos, no dejaron de hacerlo aún en medio de las persecuciones. Usaron expresiones, signos e imágenes que expresaban su fe en la resurrección, aunque de manera velada, por ejemplo, la del pastor llevando en sus hombros a la oveja perdida; el pez y la canasta de panes para significar la eucaristía, pan de vida; el ancla, para representar la salvación y la paloma con un ramo de olivo como signo de paz eterna. Muchos de estos símbolos los encontramos en la liturgia cristiana.

En las oraciones de la misa se usaron también expresiones hermosas, tomadas de la santa palabra de Dios. Por ejemplo, en la antigua “plegaria eucarística” de nuestro misal, llamada “canon romano”, encontramos las siguientes hermosas expresiones en el “memento”, o recordatorio de los fieles difuntos:

  • “Acuérdate también”. Después de haber orado por los vivos: el papa, los obispos y sacerdotes, por todos los fieles y las necesidades de la humanidad entera, decimos también por los difuntos, porque para un cristiano “todos viven”. Es la consoladora doctrina de la “comunión de los santos”, por la que todos seguimos unidos: Los vivos oramos por los difuntos, y los bienaventurados interceden por nosotros.
  • “Los que nos precedieron”. Esta es una hermosa imagen de la iglesia peregrina: Los difuntos no son más que la vanguardia de aquellos que vamos peregrinado hacia la Jerusalén celestial.
  • “En el signo de la fe”. Este es un antiguo nombre del bautismo, acompañado de la profesión de fe. El cirio que se enciende no es más que la luz que recibimos durante el rito bautismal, conservada hasta el final de la vida. Es morir en el “seno de nuestra Madre la Iglesia católica”.
  • “Duermen el sueño de la paz”. Así llamó el mismo Cristo a la muerte de su amigo Lázaro. Es el sueño ligero, pasajero del cual nos despertaremos con estupor a la vida sin fin. Los cristianos llamaban “dormitorio” al cementerio, (no panteón, lugar de dioses) y era el atrio del templo.
  • “Los que descansan en Cristo”. Esta frase es de inspiración bíblica: Dios, después de crear el mundo” “descansó el séptimo día. El que cultiva el jardín, la creación de Dios con su trabajo, podrá entrar en el “reposo” de Dios. Para el cristiano, morir es participar en el “reposo de Cristo”, que descansó de sus fatigas el domingo de la resurrección. Por eso el deber del reposo dominical. El cristiano no muere solo; muere con Cristo y con Cristo descansa en paz.
  • “Lugar del refrigerio, de la luz y de la paz”. El difunto entra de nuevo al frescor del paraíso, bebe de las aguas refrescantes del bautismo, el Espíritu santo; la luz de la fe, el cirio del bautismo y de la confirmación, brilla ahora plenamente con la Luz verdadera, Jesucristo, y descansa en la paz.