Por Jaime Septién

El camino al poder lleva una pregunta que todo el que lo recorre debería contestar honestamente: ¿para qué? ¿Para qué quiero llegar a ese lugar?  De la respuesta en conciencia dependerá la legitimidad del ejercicio. Más, si se trata del poder político.

“El (general) espartano Licandro se volvió melancólico porque, después de hacerse con todo el poder, ya no sabía qué emprender”, recuerda László Földényi (Melancolía, 2008). Esparta tuvo suerte. En nuestro tiempo, quizá por las batallas que emprenden previamente para eliminar a los contrarios, se vuelven coléricos, vengativos, intocables.

Ésa es la diferencia que existe con los que llegan al poder para servir a los suyos, en la lógica de Jesucristo: el que quiera ser el primero que sea el servidor de todos. Son pocos, pero son. Ejemplos del siglo XX los hay: La Pira, Moro, Schuman, De Gasperi, Balduino I.. De los del siglo XXI no se puede decir mucho, aunque la alemana Angela Merkel se ha constituido como un ejemplo memorable.

Servir o servirse del otro. La distinción dibuja lo que un cristiano tiene en perspectiva cuando llega a un puesto de responsabilidad pública. Es ahí donde se muestra la fuerza de su carácter y la firmeza de sus valores, arraigados en la fe. El que no recoge con Cristo, desparrama. ¡Y, ay, cuántos desparraman hoy en día!

TEMA DE LA SEMANA: ¿SE PUEDE LIDERAR A UN PUEBLO SIN RENUNCIAR A LA FE?

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de noviembre de 2021 No. 1374