Por Fernando Pascual

Creer parece sencillo, y también puede parecer difícil. Porque implica, por un lado, abrirse a la gracia de Dios. Por otro, comprometer la propia vida.

Creer no es simplemente decir “sí” a verdades más o menos claras que recibimos a través de la familia o de una comunidad.

Creer, más bien, es ponerse a caminar, apoyados en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que ha fundado una Iglesia y que está presente en el mundo.

Recorremos el camino de la fe en comunidad, con los hermanos, bajo la guía de pastores (obispos, sacerdotes) que han recibido la misión de predicar y santificar.

Como leemos en el Catecismo, la fe, acto personal, “respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela”, no es “un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 166).

La fe, personal y comunitaria, surge cuando acogemos a Cristo, su Mensaje, su Salvación, de forma que nuestra vida entra en un horizonte insospechado, donde recibimos el perdón y empezamos a ser hijos.

Entonces, “el justo vivirá por la fe” (Rm 1,17; Gal 3,11). Porque, sin fe, es imposible agradar a Dios (cf. Heb 11,6).

Por eso, pedimos humildemente a Dios que nos dé el don de la fe, que lo conserve, que lo acreciente.

Y, cuando haya dudas, haremos nuestra la oración humilde de quien pedía ese gran milagro a Cristo: “¡Creo, ayuda a mi poca fe!” (Mc 9,24).