Por Jaime Septién

En un libro muy bello, La cortesía de Cristo, el jesuita Roger Dupuis y Paul Celiers resumen en dos palabras que son solo una la cortesía del Señor: “rebajarse humildemente ante los demás para servirles con la mansedumbre propia del amor verdadero”.

San Francisco de Sales escribió una carta a Madame de Chantal en la que señaló: “cortesía, pequeña virtud, mas prueba evidente de otra mucho mayor… Y es necesario ejercitarse en las pequeñas virtudes, sin las cuales las grandes son a menudo falsas y engañosas”.

Qué desprestigio soportan hoy las “pequeñas virtudes”, en especial la cortesía. Aparecen como antiguallas: recuerdos inútiles del tiempo de los bisabuelos. Hoy (nos enseña la pantalla) somos arriesgados, audaces, apasionados y depredadores. No tenemos tiempo para ser mansos y humildes de corazón: el tren del “progreso” nos apachurra.

Pero es ahí donde la comunidad familiar y social se constituye. La verdadera civilización no es la de los antropófagos, es la de las mujeres y los hombres educados. Y el obispo auxiliar (que lo fue) de París, Georges Chevrot, lo define estupendamente: “Ser educado, la palabra lo indica, supone saber endulzar las asperezas de nuestro carácter”.

Todo el mundo tiene derecho a nuestra consideración. La única riqueza que vale –- eso nos lo recalcó Jesús—es la riqueza del corazón. La del bolsillo y cuenta de cheques es transitoria. La otra, la verdadera, es eterna.

TEMA DE LA SEMANA: PEQUEÑAS VIRTUDES QUE HACEN GRANDE A LA FAMILIA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 31 de octubre de 2021 No. 1373