Por Jaime Septién

Imposible no sentirse perplejo ante una de las bienaventuranzas proclamadas por Jesús en el llamado Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán”. Muchos han usado esta sentencia del Señor como un arma en contra de la Iglesia católica. “Vean –suelen decir—cómo los curas intentan tener adormilada a la gente”.

Mi amigo el padre Juan Jesús Priego, vocero de la arquidiócesis de San Luis Potosí y un “cazador” de citas raras, autores olvidados y genios que no se encuentran en las librerías, en una de sus meditaciones dominicales (Venid y Descansad III) tiene la siguiente cita extraída de una narración corta de Franz Werfel: “Las lágrimas curan la divina sed del alma. Por eso nos quedamos tan contentos y satisfechos después de haber llorado”.

Es exactamente lo que significa la bienaventuranza: hay una sed en el alma de cada uno de conmoverse por el dolor ajeno y de profundizar en el propio. No para borrarlo, sino para asumirlo. Y, asumiendo, encontrar la antesala de la alegría. Es más, no hay alegría sin una experiencia profunda de renuncia. El puro placer es la utopía de quienes no entienden nada de la vida. De quienes no entienden nada de nada. Donde hay hombres hay sufrimiento. Pero el sufrimiento tiene un sentido salvífico. Verlo así reivindica al mundo, a las lágrimas y al deseo de la vida perdurable.

TEMA DE LA SEMANA: LAS BIENAVENTURANZAS: EL CAMINO DEL (VERDADERO) ÉXITO

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de diciembre de 2021 No. 1381