El Evangelio ubica “el sermón de la montaña” o “del monte”, como se le conoce, en los inicios de la vida pública de Cristo.

Lo primero que señala el Evangelio sobre la predicación del Señor es que decía: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 4, 17). Pero su primer gran discurso evangélico es el del “sermón del monte”, que a su vez comienza con la proclamación de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12)

Diversos enfoques

Las Bienaventuranzas han sido vistas desde diversos ángulos. Por ejemplo, para los teólogos inclinados hacia la corriente marxista de la liberación, lo que éstas buscan es “restaurar la dignidad humana”, o bien la “comprensión de asuntos que afectan a la sociedad, entre ellas la pobreza y la injusticia”, a fin de ayudar a “la consolidación de sistemas de formación con proyección social”.

Pero para la Iglesia de Cristo las Bienaventuranzas son, desde luego, cuestiones de moral, mas no de una simple moral superior que muchos llegan a considerar tan inalcanzable como ridícula, sino de una moral cristiana que, como tal, es posible vivir sólo con la ayuda divina.

Por eso escribe san Pío X en su Catecismo: “Las condiciones necesarias para alcanzar la Bienaventuranza son la Gracia de Dios, el ejercicio de las buenas obras y la perseverancia en el amor divino hasta la muerte”.

Dimensión escatológica

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que las Bienaventuranzas son la respuesta “al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer” (n. 1718).

El término griego maka/rioj, que aparece en el texto de Mateo, y que se traduce como “bienaventurados”, “dichosos” o “felices”, plantea condiciones necesarias para ser admitidos en el Reino de los Cielos, es decir, para alcanzar la vida eterna y la felicidad eterna.

Las Bienaventuranzas son entonces de naturaleza principalmente escatológica, o sea referidas a “las cosas últimas”.

Explica Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret que las Bienaventuranzas “son promesas escatológicas, pero no por ello debe entenderse como si el júbilo que anuncian deba trasladarse a un futuro infinitamente lejano o sólo al más allá. Cuando el hombre empieza a mirar y a vivir a través de Dios, cuando camina con Jesús, entonces… ya ahora… algo de lo que está por venir está presente”.

Aun así, como señala santo Tomás de Aquino, “hay dos clases de Bienaventuranza: una imperfecta, que se tiene en esta vida, y otra perfecta, que consiste en la visión de la esencia divina”

La felicidad perfecta no puede alcanzarse en esta vida.

TEMA DE LA SEMANA: LAS BIENAVENTURANZAS: EL CAMINO DEL (VERDADERO) ÉXITO

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de diciembre de 2021 No. 1381