Por P. Alejandro Cortés González-Báez

Recuerdo que cuando cumplí 70 años, los cuales equivalen a 25 mil 562 días, me di cuenta de que se me fueron volando. Gracias a Dios he podido gozar de buena salud, y —lo que es más importante— sabiendo de dónde vengo y a dónde voy. Sé que no alcanzaré la perfección, ni siquiera en uno solo de los aspectos del ser humano, pero me siento muy agradecido con Dios y con mucha, pero mucha gente. Desde entonces puedo observar el mundo mirando en el sétimo piso y teniendo una visión más amplia que cuando era joven.

Me pregunto, por ejemplo: ¿En qué usan su libertad aquellos que siempre se andan quejando de que no los dejan ser libres? ¿De qué alimentan sus inteligencias, y de qué llenan sus corazones millones de jóvenes? ¿Qué ideales los mueven a esforzarse? ¿O será que ni siquiera se plantean si están dispuestos a luchar por algo?

Cada día crece el número de personas que simplemente sobreviven, pues no tienen claro qué es lo que en verdad quieren. Triste realidad la de muchos niños y jóvenes que sólo anhelan pasárselo bien, es decir, divertirse, o que los diviertan, que los alimenten con los productos que se les antojan, pero sin tener que hacer algo para ganarse aquello. La cultura del esfuerzo, del ahorro, de la paciencia, los supera. Sus palabras favoritas son: “Quiero”, “Me gusta”, “Dame”, “Cómprame”… y los recursos más socorridos son el berrinche y el escape. Muchos funcionan bajo el criterio de que se merecen todo. Pero el mundo no regala; cobra, y siempre con intereses. Lo único fácil en esta vida es engordar. Además, no saben que el amor no se puede exigir, hay que ganárselo.

¿No será que encadenarse a unos planes y placeres tan vacíos nos hace esclavos? ¿Será posible ser esclavo de uno mismo? Pienso que sí. Estoy convencido de que, si a uno de los gimnasios a los que acuden tantos a ejercitarse, les quitáramos los espejos perdería muchos clientes.

En otro orden de cosas, está claro que la persona egoísta no deja de serlo cuando se casa, y esto se hace evidente en la convivencia diaria. Además, el hombre necesita creer en algo, y si no cree en Dios, se inventa dioses…, falsos dioses: “ídolos”, y para ello hay miles de opciones en las artes, los deportes, la política…

Seguir el ejemplo de quienes alcanzan diversos éxitos puede ser algo bueno, sólo hay que saber a quién elegir, pues con frecuencia esos ídolos pueden cometer graves errores en su vida personal, y dejarían de ser dignos de admiración, puesto que la fama en aquellos asuntos que los hacen populares no puede ser motivo de orgullo si no está respaldada por una vida personal y familiar ejemplar. Hace poco le oí a un conductor de un famoso programa de radio que se ha sentido decepcionado al conocer, en persona, a gente “encantadora” que maltratan a sus subordinados.

Es cierto que hay que “parecer”, pero sobre todo hay que “ser”. Todos sabemos que es fácil predicar, pero hay que guiar con el ejemplo. Mientras estemos vivos, estaremos en posición de mejorar.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 2 de enero de 2022 No. 1382