Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Se dice y se escribe aquí y allá, que hay profesionistas que emigran a otras naciones en busca de más anchos horizontes económicos y académicos, que hay otros profesionistas que abandonan su profesión por cualquier otro trabajo que les resulte más rentable y que el título universitario ya no confiere, como antaño, el estatus de hombre destacado en el ambiente social y de hombre empleable en el mundo del trabajo.
Los propios estudiantes de instituciones superiores de cultura saben que los diplomas no son ya los salvoconductos que fueron, las patentes vitalicias de seguridad económica y de prestigio social. Así ha ido terminando aquel prurito por el cual no estudiar una carrera era condenarse al infierno, mientras que graduarse, así fuera con el mínimo de conocimientos y puntuaciones, equivalía a ingresar en el paraíso. Hoy existe, más o menos soterrado, el temor de salir de las aulas al desempleo, el miedo de no ser nadie en la vida después de gastar doce, quince años de la vida para ser alguien.
La universidad va dejando de ser el trampolín por el cual un joven estudioso y sacrificado ascendía de una clase social a otra, del pueblo a la ciudad, del anonimato al prestigio, de la pobreza al desahogo. Pero resulta que, en los últimos años, los diplomas y los títulos van dejando de ser automáticos factores de cambio personal y fórmulas mágicas de “sésamo ábrete”.
Habrá que voltear el rostro por todos lados por ver si encontramos las causas de este hecho, por ejemplo, el crecimiento explosivo de estudiantes y graduados, la saturación de profesionistas en áreas determinadas, la mala elección de una carrera para que no se contaba con las dotes ni la ilusión necesarias, la elección de profesión con poca demanda por desconocimiento de la realidad, la ineficaz distribución de profesionistas que se concentran en las grandes ciudades por comodidad y holgura económica, no obstante el peligro de la rivalidad y el detrimento de las poblaciones pequeñas. En un solo rascacielos de una metrópoli, hay más profesionistas que en cuarenta ranchos juntos.
Se olvida, además, que la educación no debe estar desvinculada de la realidad, que las aulas tienen el peligro de convertirse trágicamente en islas separadas de los problemas humanos y que la profesión debe elegirse y ejercerse no como solución de problemas individuales, sino como factor de bien común y progreso social.
Marshall Mcluhan, el canadiense considerado como profeta de la electrónica cuyos libros son la biblia de este nuevo mundo de las comunicaciones sociales, descubrió al ponerse en contacto con los jóvenes estudiantes, lo que debe ser la escuela en esta aldea global de nuestro mundo: “Es evidente que hoy la escuela no conserva su función primordial a no ser que se adapte a las inevitables mutaciones del mundo. Las instituciones escolares malgastan cada día más y más energía para preparar a sus alumnos para un mundo que ya no existe. La universidad-baluarte, la escuela-claustro ha de desintegrarse para abrirse cada vez más a la comunidad, para entrar en contacto con la realidad vital sin que nada ni nadie pueda separarla de ella. En esto radica el futuro de la escuela”.
Artículo publicado en El Sol de México, 8 de marzo de 1990; El Sol de San Luis, 24 de marzo de 1990.