Por Arturo Zárate Ruiz

Una distinción entre la Iglesia y los grupos protestantes consiste en que estos últimos carecen de sacerdotes ministeriales. Aunque afirmen que tienen al menos pastores, aun los suyos dudosamente lo son. Pues no sólo la misión del culto, también la de enseñanza y de gobierno de una grey es conferida por Cristo sólo a los sacerdotes ministeriales. Por escindirse de la sucesión apostólica, los “pastores” protestantes no pueden referir de dónde les viene su supuesto ministerio pastoral.

Algunos protestantes podrían insistir que uno solo es el sacerdote, Cristo, e insistir que no se necesitan ya más sacrificios, pues se dio el de Jesús en la Cruz. Y tendrían medianamente razón. Podrían inclusive aducir, aunque ni les pasa por la mente, que todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo pues por estar consagrados, más unidos a Él, desplegamos la gracia recibida a través de todas las dimensiones de la vida personal, familiar, social y eclesial, y realizamos así el llamamiento a la santidad dirigido a todos los bautizados.

Y sí, uno sólo es el sacerdote y uno sólo es el que se ofrece en sacrificio por nuestra salvación: Jesús. Pero Jesús eligió a sus apóstoles para que, con su autoridad, celebren el debido culto, gobiernen, enseñen, e impartan su gracia a la Iglesia. La misa no es un invento católico. Es a los apóstoles a quienes les ordenó predicar el Evangelio. Les reservó además a ellos (y, de allí a sus sucesores y presbíteros ordenados por los obispos) el consagrar el pan y del vino «en memoria mía», para santificarnos y llenarnos a todos los fieles de su gracia, y comulgar, gozar y asombrarnos de su Presencia Real. Hay, pues, un sacerdocio ministerial. Y hay eucaristía como memorial (que no bárbara repetición de un sacrificio que es único y eterno) de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor. El caso es que sólo los sacerdotes ordenados pueden consagrar las hostias. Es más, aunque es misión de todos nosotros propagar la fe, sólo los sacerdotes gozan de la autoridad de enseñanza y de gobierno de su porción de grey. Tal vez un párroco acostumbre, qué bien, consultar a un consejo parroquial. Pero es el párroco quien tiene la autoridad para tomar por sí mismo las decisiones y, por ello, es el responsable. Es así porque ha sido consagrado con el sacramento del orden; el resto de nosotros, no.

Ciertamente, la ordenación sacerdotal no lo exenta de pecar. La presencia de Cristo en el ministro, lo clarifica el Catecismo, no debe ser entendida como si éste estuviese libre de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir, del pecado. Aun así, en los sacramentos impartidos por el sacerdote siempre se da la garantía del Espíritu Santo. Ni los más abominables pecados del ministro pueden impedir el fruto de la gracia. No es el ministro, sino Cristo mismo quien confiere esa gracia. El ministro sólo funge «In persona Christi».

Los sacerdotes del rito latino deben ser célibes por disciplina, no por dogma. Lo son porque así lo han aceptado. Nadie los ha obligado a ser sacerdotes según este rito. Algunos ritos, como algunos orientales fieles a Roma, sí admiten el matrimonio de sus ministros. Pero los de rito romano, no, por ser su tradición una muy fructífera, la que más ha evangelizado al Mundo por no estar los ministros atados a una familia, esposa o un país, y, teológicamente, por representar mejor a Cristo, quien fue soltero.

Los sacerdotes son varones porque varones fueron quienes Cristo eligió como apóstoles, y porque Cristo mismo es varón. Y que sólo ellos lo sean de ningún modo demerita a las mujeres en su dignidad. María destaca sobre todas las criaturas por ser la Madre del Señor. No así, Pedro quien, aunque príncipe de los apóstoles, no puede igualársele, además de él haber sí sido un gran pecador, por negar al Salvador. En cualesquier casos, la grandeza del sacerdocio no viene de “empoderarse”, de ser un mandón. Viene de ser escogidos por Dios para servir a su pueblo. Y, según lo precisa el Catecismo, el ejercicio de la autoridad del sacerdote debe, por tanto, medirse según el modelo de Cristo, que por amor se hizo el último y el servidor de todos.

 
Imagen de cvelazquez en Pixabay


 

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