Por Sergio L. Ibarra
El célebre escritor francés Víctor Hugo, doscientos años atrás, en su obra Los Miserables, dejó un legado comprensivo que explica en que se convertiría aquella naciente sociedad industrial urbanizada, mostrando sus terribles efectos en la fragilidad, la percepción de injusticia, frustración y resentimiento que genera la concentración de la riqueza.
A principios de noviembre de 2025 un grupo de expertos del G20 publicó una investigación titulada Global Inequality. El 83% de los países tienen alta inequidad y concentran el 90% de la población mundial. La desigualdad entre 2000 y 2024 muestra que el 1% de la población posee el 41% de la riqueza; en contraste, solo el 1% se reparte entre el 50% de la población. Una de cada cuatro personas, 2,300 millones, enfrentan condiciones severas de inseguridad alimentaria.
Los efectos de la concentración se traducen en no acceso a servicios de salud, niños que quedan expuestos a no recibir educación y con ello, la transmisión de pobreza intergeneracional y en endeudamientos de 20 o 30 años para tener un hogar, pero también acceso al desarrollo de habilidades y relaciones sociales para acceder a buenos empleos.
Plantea la urgencia de desarrollar nuevas estrategias para modificar la distribución del ingreso con una redistribución de impuestos y gasto social orientado a mitigar las inequidades causadas por las fuerzas de los mercados, que implica cambios en reglas para asegurar una distribución más equitativa de las ganancias comerciales a nivel regional y global.
Una de las propuestas nos atañe: establecer un control internacional del flujo de dinero ilícito. México recibe remesas anuales de USA superiores a la balanza comercial (exportaciones menos importaciones) que de 2018 a 2025 arroja un saldo negativo de 33 mil millones dólares; sin embargo, las remesas que en su mayoría son actividades ilícitas, en este mismo plazo, fueron superiores a los 160 mil millones de dólares. Son cinco o seis veces superiores al déficit comercial del país.
El crecimiento exponencial de la concentración de la riqueza es la principal causa de que hoy más de siete mil millones de personas en el mundo, vivan en algún nivel de pobreza y de marginación. Un viejo problema exigiendo nuevas soluciones que deberían rescatar la ética social y política, sin ello, las propuestas de generar empleos decentes, no el desempleo subsidiado a jóvenes o la informalidad fiscal y eliminar el analfabetismo, no serán más que quimeras pasajeras.
El autor es consultor empresarial y asesor en políticas públicas y desarrollo social
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 23 de noviembre de 2025 No. 1585





