Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Aquel día era el día más largo del año; y su noche, la noche más azul y codiciada. Los chiquillos de la ciudad provinciana —yo, nosotros, todos—, habíamos escrito una carta, la primera carta de nuestra vida que en realidad no era una carta, sino un pliego de peticiones a otro Niño, ése sí gigantesco, que en esos precisos momentos se preparaba a nacer en Belén entre un olor de paja, de musgo y de leche nueva.
- Escribe con buena letra. Si no, no te va a entender el Niño Dios.
- Pero, tía, si es Dios, tiene que entender también la mala letra.
La pobre confundía la teología con la caligrafía y, para desentenderse de mis argumentos, endulzaba su té de tila anaranjado y somnífero.
- Querido Niños Dios, te pido que me traigas un carrito de madera como el de Pepe, un trompo zumbador que venden en “Las siete esquinas”, un caballito de ruedas, una caja de canicas, muchas, y también una guitarra de tejamanil pintada de amarillo con flores y “si me ases favor” (frase censurada por la tía), unas serpientes y escaleras con dos dados grandes.
Todas las cartas, todas, terminaban con arrepentimientos y buenos propósitos. Te prometo portarme bien y no ser desobedecido con mi mamá. La noche de los juguetes. Niños, duérmanse pronto, porque tenemos que ir a la misa de gallo. No dormíamos. O despertábamos a cada rato entre unas sábanas nerviosas, acechando pequeños ruidos, oliendo a té de tila anaranjado y neblinoso, viendo visiones de cajas de regalo al pie de la cama el asnillo, el buey, el pesebre, la estrella, el Niño llorando.
“A dormir va la rosa de los rosales, a dormir va mi Niño porque ya es tarde. Dormir, dormir, que cantan los gallos de San Agustín, que la vieja cucuruca pasó por aquí vendiendo tamales de San Marroquí. De una de dola, de tela canela, zumbaca tabaca, que viva virón, toca las horas que ya mero son, tócalas bien, que las doce son”.
Se acabaron los juguetes mexicanos que unas manos anónimas, inocentes y mágicas convertían el cartón en caballitos de ruedas, el plomo en soldaditos de gran gala, la paja en mulillas de orejas como flores, la madera en casitas amuebladas, la tela en unas dulcemente tristes muñecas de trapo y el cristal en un reguero de canicas, las agüitas, las cebras, las coconitas, las torombolas, las ponches, como una lluvia de estrellas rodando en la tierra suelta del jardín bajo la noche de oro.
Se fueron los juguetes sencillos, cándidos y baratos. Llegaron los caros, extranjerizos y sofisticados. El mundo frío y abstracto de la técnica, el alma de los niños, tan temprano, sometida, amortajada ya por costumbres exóticas y adultas. La Navidad ya no nos hace niños.
Yo guardo, por ahí, un puñado de canicas irisadas que me hicieron felices tantas tardes de niño. Unas cuantas canicas que en una Nochebuena me regaló mi madre. A dormir va la rosa de los rosales Una madre muerta no acaba nunca de morirse.
Artículo publicado en El Sol de México, 23 de diciembre de 1993; El Sol de San Luis, 25 de diciembre de 1993.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de diciembre de 2025 No. 1589





