Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Los viejos y engañosos valores universales, el dinero, el poder, el éxito y el prestigio, que a veces se consideran absolutos y en los cuales se empeña la vida, resultan ser relativos, al espacio, al tiempo y que mueren, como la flor que se marchita; después de esperar y esforzarse en su florecimiento, al final decrecen y se extinguen con la muerte que nos pisa los talones.

Cuántas revoluciones y transformaciones se anhelan, se buscan e incluso se inmola la vida para la consecución de un cambio de libertad y de bienestar, y al final, se cae en lo mismo que se buscó desaparecer; el engaño ha sido el móvil y la secuela, con otros protagonistas que incumplen sus propuestas y someten a las mismas injusticias que vociferaban eliminar. ‘La rebelión de la granja’ de Orwel, es muy elocuente y educativa ante los populismos engañosos, de los tiranos cuya narrativa eliminan nuestra capacidad de pensare y nuestra libertad.

Como dice el Papa Benedicto XVI, ‘Las bienaventuranzas son un nuevo programa de vida, para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes, presentes y futuros’ (30 de enero del 2011).

Jesús rompe con esquemas veterotestamentarios de los que entienden que el signo de la complacencia divina son los bienes materiales como lo entendieron los saduceos y los calvinistas protestantes del bienestar como signo claro de la predestinación, ‘in God  we thrust’,-en Dios confío, principio calvinista que está en la base del capitalismo americano, según Max Weber.

Jesús enseña, ‘bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos’ ( Mt 5, 1-12 a ). No se trata de esa pobreza injusta y deshumanizada impuesta por los sistemas, capitalistas o comunistas, contra la cual es necesario denunciar y combatir, sino esa pobreza elegida como estilo de vida que hay que cultivar y cuidar con esmero, sencillez y prudencia. Quizá para traducir mejor sería decir, ‘dichosos los que tienen corazón de pobre’, porque aún teniendo bienes, se busca de diversas maneras el favorecer a los demás.

De estos pobres en el espíritu, es el Reino de Dios, es decir, de Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por eso, ‘dichosos los pobres, porque Dios es su dicha y felicidad’; el sumo bien, la suma verdad, la suma belleza. ¿Se podrá anhelar algo superior a Dios quien es el Absoluto en sí mismo?

La Iglesia pobre, es la Iglesia que vive en libertad; la Iglesia sufrida, será la Iglesia compasiva y misericordiosa; la Iglesia mansa, ser un don para el mundo violento; la Iglesia que llora con los que lloran, será una Iglesia fiel a Jesús, que será consolada por Dios; la Iglesia que anhela la justicia, aunque sea perseguida y vilipendiada, hará que Dios sea la justicia; la Iglesia que trabaja por la paz, con constancia, sencillez y firmeza, alcanzará el bien para todos, así será verdaderamente Iglesia, Hija de Dios.

Si esto lo vivimos como Iglesia, Cuerpo de Cristo, a nivel individual tendrá que obtener los bienes señalados a cada actitud señalada en estas bienaventuranzas.

Bienaventurados los pobres, que saben vivir con poco; los mansos que no tienen un corazón violento; los que lloran por sí y por otros, con posibilidad de construir un mundo mejor; los que tiene hambre y sed de justicia porque buscan hacer una sociedad justa y digna; los misericordiosos, quienes perdonan de corazón; los limpios de corazón, porque podrán construir un mundo en Dios y con Dios, verdadero futuro de la humanidad; los hacedores de paz a pesar de los obstáculos, porque buscan el bien de todos, y no el éxito de una facción.

Al final, Dios es el garante de estas actitudes de dicha y felicidad plena.

No olvidemos como dice Jürgen Moltmann, Dios ‘sufre donde sufre el amor’.

 


 

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