Por P. Eduardo Hayen Cuarón
El gobierno de Xi Jinping está desesperado. La primera potencia comercial del mundo en términos de exportaciones de bienes, que hoy juega un papel fundamental en el comercio mundial, está haciendo lo imposible para convencer a su población a que se casen y tengan hijos. Los impuestos a los anticonceptivos aumentaron 13 por ciento mientras que los servicios de cuidado a menores de edad están exentos de tasas. Las organizaciones que están relacionadas con el matrimonio y el cuidado de ancianos han sido liberadas de gravámenes. China también ha ampliado los permisos por maternidad o paternidad así como los apoyos financieros a las parejas que tienen familia. ¿Por qué la urgencia de Xi Jinping para que la población de su país se abra a la vida?
China está resintiendo el efecto boomerang de una política de control poblacional que lanzó en 1979 y que terminó en 2015. Fue la política del «hijo único», en la que el gobierno aumentó la edad para contraer matrimonio y pidió espaciar más los nacimientos, hasta que en 1982 impuso, en su Constitución, el límite de tener un solo hijo por matrimonio. Desde 2015 las autoridades permitieron tener dos hijos y, en 2021, dándose cuenta del grave error de esa política, se eliminaron todas las restricciones. Pero era demasiado tarde para corregir lo que nunca debieron hacer: manipular las fuentes de la vida con leyes contrarias a la ley natural, que es expresión de la Ley divina.
La Iglesia Católica siempre desaprobó la política del hijo único impuesta por el gobierno de Beijing, la cual fue vista siempre como una grave violación a la dignidad de la persona humana, a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa. San Pablo VI, en su encíclica «Humanae vitae», rechazó cualquier intervención coercitiva del Estado para el control natal, los abortos forzados, las esterilizaciones obligatorias y las multas que acompañaron esa política. Sus consecuencias fueron graves. El gobierno chino estima que entre 1979 y 2015 hubo 336 millones de abortos. No sólo eso. También el desequilibrio en la proporción de nacimientos por sexo han sido dramáticos.
La política del hijo único favoreció fuertemente el nacimiento de los varones. En la cultura china se tiene preferencia para que nazcan hombres, por motivos de dar continuidad al linaje familiar y por razones económicas en la transmisión de las herencias. En una población normal la proporción natural de nacimientos es de 105 a 107 varones por cada cien mujeres. Bajo la presión del programa del hijo único, muchas familias chinas que esperaban un varón recurrían a las ecografías y abortaban si los fetos eran femeninos. En casos extremos se dio el infanticidio y el abandono a las niñas.
Hoy las cifras de la ONU y de Pew Research Center calculan que China tiene un excedente de entre 30 y 36 millones de varones. Este desequilibrio de los sexos en la población, debido a la política del hijo único, ha creado problemas sociales graves a largo plazo. Los hombres pobres, sobre todo de zonas rurales, tienen serias dificultades para encontrar pareja, por lo que también ha aumentado el problema de la trata de mujeres y los matrimonios forzados.
Manipular las fuentes de la vida puede ser irreversible. Para que una generación remplace a la anterior, es necesario que un país tenga una tasa de fertilidad de 2.1 hijos por mujer. El gobierno de Beijing creyó que, eliminando las restricciones para que la población tuviera hijos, las tasas de fertilidad en China aumentarían. Sucedió lo contrario: el número de hijos por mujer sigue en caída libre. Las cifras vienen de la ONU, del Banco Mundial y del mismo gobierno chino: en 1979, cuando China inició la política del hijo único, el número de hijos por mujer era de 2.75; en 2015 la cifra cayó a 1.6. En 2025 la tasa de fertilidad era de 1 hijo, incluso estudios afirman que hoy es de 0.93. China vislumbra un futuro sombrío.
Durante décadas, los católicos chinos, especialmente en la Iglesia clandestina, leal al papa, sufrieron presiones para cumplir las leyes de control natal que les imponía el gobierno, pero la Iglesia les enseñó a ser abiertos a la vida en la medida de lo posible, dando prioridad a la conciencia moral sobre las leyes estatales restrictivas.
China y casi todos los países del mundo han entrado en un invierno poblacional de consecuencias que no hemos llegado a dimensionar. En este clima inquietante para el futuro, la Iglesia ha de continuar proclamando el Evangelio del amor y de la vida, la verdad que nos hace libres: la vida del hombre debe de ser respetada desde su concepción hasta su muerte natural; la procreación tiene la inmensa dignidad de cooperar con Dios para la transmisión de la vida humana, así como también el llamado a cada matrimonio para ejercer la procreación de manera generosa y responsable.





